27 septiembre 2007

El martillo de Thor

Afortunadamente, la Dirección de Proyectos no es una verdad revelada. Aunque tampoco es una ciencia –siempre he pensado que a las ciencias sociales y a las ciencias económicas les sobra algo en su rimbombante nombre–, a pesar de que contenga aplicaciones provenientes de las matemáticas, la investigación operativa y la psicología evolutiva –no he querido citar la teoría del caos, la física cuántica y la teoría de la relatividad porque ya sufro suficiente vergüenza ajena cuando leo algo por ahí–, etc. Por eso cualquier cosa que uno haga y/o utilice en la gestión de un proyecto no es así por que es así, sino porque se ha convenido en que sea así.

Sin embargo un conjunto de prácticas y usos relacionados con la Dirección de Proyectos, o metodología siendo un poco chic, pueden llegar a convertirse en una mitología a medida que van siendo cubiertas por capas de sedimentos a lo largo del tiempo. En el principio de los tiempos, alguien, en cierto puesto, definió ciertos procedimientos de utilidad para ayudar a la gestión cotidiana. Más tarde, su sustituto hereda el precioso legado con el que aprende a desempeñarse en sus nuevas funciones. Y así sucesivamente. Con el paso del tiempo, e incluso de diferentes personas en el cargo, aquel arcano procedimiento se sigue manteniendo y, con bastante probabilidad, haya perdido su efectividad de antaño. Pero es con lo que han aprendido las nuevas generaciones, y genera una poderosa ilusión de control. En muchos casos se utilizan herramientas, ¡ay esa estupenda hoja Excel que lo hace todo tan sencillamente!, de las que ya nadie sabe quién la generó: “sí, creo que uno que estuvo antes de que entrara el predecesor de Mengano después de la remodelación…”. Lo que digo, una mitología cuyas verdades fueron reveladas en algún momento de la noche de los tiempos. Los homínidos somos animales de costumbres, incluídas sus ramificaciones más modernas tipo homo economicus y homo projectus –pese a que a que estos últimos se hayan acostumbrado a vivir al filo de la navaja–, y ese costumbrismo, unido a la falsa ilusión de que las reglas funcionan y de que se controlan las cosas, es una fuerte barricada contra esas “herejías” que pretenden cambiar las costumbres sagradas. En el fondo se trata meramente de adaptar nuestras convenciones a las nuevas realidades que, aunque sea a nuestro pesar, sí cambian. A veces que no veas.

Otra cosa es que haya periodos en los que algo se pone de moda, como la Dirección de Proyectos durante la última década, y la verborrea asociada llegue a tal nivel que empieza a irritar, sobretodo a los que están al pie del cañón, añadiendo una nueva consigna al excusario del costumbrismo. Precisamente, Ángel se quejaba hace poco de estas nuevas consignas en contra de la utilidad de la disciplina, incluso de la figura del director de proyecto. Este escepticismo puede deberse simplemente a la ignorancia en la materia de quien lo profesa, o a una reacción frente a esas modas que acaban por trivializar cualquier cosa. En este último caso, sí que es verdad que últimamente hay mucho fantasma levitando por ahí suelto sin bozal, algunos incluso sin la sábana cual rey desnudo, y se dicen, hacer ya no tanto –ventajas que tiene eso de que del dicho al hecho haya tanto trecho–, muchas fantasmadas. El management es lo que tiene. Pero bueno, entre las habilidades de un profesional de la Dirección de Proyectos debería estar la de saber discernir entre toda esa palabrería. Y saber llegar a efectuar buenos convenios, ya que todo es opinable pero hay que tomar decisiones y actuar.