22 mayo 2007

Cómo acabar de una vez por todas con el Management (1)

Plagi-variaciones sobre un tema de Woody Allen


Primera parte


Estaba sentado en mi despacho jugueteando con las 3.000 páginas del informe con las conclusiones del análisis estratégico que habíamos realizado para una importante multinacional y preguntándome cuál sería mi próximo proyecto. Me gusta ser socio director. Cierto, tiene sus inconvenientes, más de una vez han dicho cosas desagradables de mí en la máquina del café, pero el contorno precioso de los cinco dígitos de mi nómina y la reconfortante satisfacción de estar en la parte superior de una pirámide formada por un gran capital humano, alrededor de unas siete mil cabezas, tiene también sus ventajas. En el momento en que sonó el teléfono a mis espaldas, mis pensamientos se perdían entrelazados en el reflejo gélido de la mañana sobre la bahía del lago Ontario junto a mi mirada que se escapaba a través de la ventana del piso 31 del 79 de Wellington Street West, acompañados de la banda sonora que producía el paso de las hojas del informe entre mis dedos cual cartas danzando en las hábiles manos de un croupier. Un pequeño impulso y una media vuelta de mi silla me hizo alcanzar el teléfono y descolgar el auricular.

Una dulce voz femenina anglosajona, con ese acento norteamericano tan poco considerado al otro lado del océano, aunque sea canadiense, ejecutó una sinfonía en mi auricular. No era yo la única persona consciente de los efectos de su voz. Ella también lo era. Se llamaba Rachel Quest y era la directora de recursos humanos de un importante banco. El liderazgo de su organización había desaparecido y quería que lo encontrara. Le pregunté qué tipo de liderazgo aplicaban: carismático, autocrático, participativo, transaccional…
- Ninguno de ellos –respondió.
- Entonces, ¿qué aspecto tiene? –volví a preguntar intentado que el gradiente de presión de su cántico no me absorbiera a través del auricular.
- Nunca lo hemos visto. Está en todas partes, en el Karma y el Dharma.
- Ya.
Así que la chica resultaba ser seguidora de las teorías de Deepak Chopra. Tomé nota mental del dato y le dije que tendría que pasarme por el banco para recabar más detalles. Su canto de sirena pareció desentonar un poco cuando me replicó que no hacía falta, que podíamos quedar para almorzar y me contaría los detalles. Pero, sin una Circe que me aconsejara, acepté la proposición.

Quince minutos antes del mediodía cogí el ascensor y bajé hasta la calle. Afuera hacía un frío de mil demonios, cero grados Fahrenheit marcaban los dígitos de un letrero luminoso, unos dieciocho bajo cero en unidades patrias para entendernos, aunque el sol lucía deslucido en su cenit como sólo puede hacerlo en Toronto un frío mediodía de finales de enero. Pero, a pesar de ello, preferí recorrer los pocos metros que me separaban de BCE place por la calle, y no por el subsuelo. Así que, envuelto en la bufanda y parapetado dentro del abrigo, comencé a andar hacia el este por Wellington West hasta que llegué enseguida a la altura de Bay, donde torcí a la derecha para darme de bruces con la estructura catedralicia, diseñada por mi tocayo y paisano Calatrava, que aloja la galería Allen Lambert y constituye una de las innumerables entradas al queso de gruyère subterráneo formado por una compleja red de 27 km. de pasillos que unen alrededor de 1200 tiendas, servicios y entretenimiento, y donde los toronteses, nativos o no, consumimos como hormigas gran parte de nuestro tiempo de ocio durante los crudos meses de invierno. Si hubiera continuado por Wellington West, tras cruzar Yonge, como si de Greenwich se tratara, la calle hubiera pasado a llamarse Wellington East.

Una vez dentro de la galería, bajé desabrochándome el abrigo por unas escaleras que me introdujeron en el subsuelo. En la puerta del restaurante japonés se encontraba una rubia esculpida sobre pura geometría riemaniana, capaz de confinar toda la luz que se atreviera a acercar su trayectoria hasta cierta frontera de no retorno. A medida que me acercaba hacia el restaurante, mi mirada intentó, no sin cierta dificultad, comprobar si había alguna otra mujer esperando. Rachel debió intuir mi mirada inquisitiva, porque cuando traspasé la frontera de no retorno, su voz de sirena, pronunciando una o larga casi acabada en u, preguntó:
- ¿Santiago Margaix?
Debería medir un metro setenta y cinco, aunque con la ayuda de unos pequeños tacones. Llevaba un elegante traje de corte perfectamente diseñado para abrazar con delicadeza su geometría. Tenía lo que debía ser una abundante cabellera recogida en un moño. Y olía como una imagen de los jardines de Versalles a la luz de la luna. Decir que era impresionante es no decir nada.
- ¿Y bien? – dije cuando estuvimos sentados en una mesa y me hube recuperado parcialmente de la impresión.
- Tiene que ayudarme Santiago. El año pasado abandonamos la práctica del liderazgo situacional porque comprobamos que en tiempos de fusiones y adquisiciones, el éxito ya no dependía de la situación organizacional y el estilo del líder. Había que adoptar una estrategia más posmoderna para enfrentarnos a los tiempos de cambio, basada en los pensamientos positivos de la mística cuántica y la totalidad del orden implicado. -A lo largo de mi carrera profesional he tenido que soportar mucho humo, e incluso materializarlo, pero a un pibón como el que tenía enfrente había que escucharlo hasta el final.
- ¿Y qué es lo que ha sucedido con ese nuevo estilo de liderazgo? –pregunté como arrastrado hacia una singularidad infinita.
- Pues que un buen día desapareció y nos dejó sin rumbo.
- ¿Desapareció? ¿Así como así? ¿Sin firmar el finiquito?
- Santiago; tiene que encontrarlo –su rostro se tornó frágil y desamparado cuando pronunció estas palabras.
- Me temo, señorita Quest, que como no aporte más información…
- Por favor, llámeme Rachel –interrumpió ella.
- Rachel, tiene que ofrecerme alguna pista, algo por donde empezar a buscar –dije buscando el lado más favorable del sushi para atacarle con los palillos.
Tras unos instantes de reconsideración, repuso:
- Quantum Consulting, una firma compuesta por gente de Harvard, fue quien nos hizo la gestión del cambio –el sushi se quedó suspendido en el aire sujeto de forma metaestable entre mis palillos. Así que los tipos listos de Harvard andaban metidos en el ajo. Sentía que el asunto no presentaba un buen cariz, que podía ser realmente complicado, pero la desolación y la melancolía de las últimas palabras de Rachel me enternecieron, y decidí que aceptaría el reto. Con el postre y mi aceptación pareció recobrar su temple inicial. Quedamos para la tarde del día siguiente y abandonamos el restaurante.

Rachel se alejó por uno de los pasillos del gruyère, marcando una danza especialmente coreografiada para ella. Yo, antes de regresar a la oficina, hice una escala en el Starbucks para enchufarme un vaso de medio litro de regular y reflexionar sobre lo que tenía por delante. Cuando finalmente salí a la calle hacía menos frío, unos cinco bajo cero, y el cielo había tomado el color del acero pesado. No tardaría en ponerse a nevar. No estaba seguro de si el liderazgo del que me había hablado Rachel existía de verdad o no. De lo que sí estaba seguro es de que ahí afuera me iba a encontrar con un montón de consultores que iban a tratar de impedirme averiguarlo.

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