Dirección de Proyectos

22 mayo 2008

Cuellos de botella fantasma

Y la culpa fue… del cha cha cha. Entre nuestra irresistible ansia de búsqueda de culpables y de causas subyacentes, se encuentra la de cuellos de botella. En qué reunión que se precie no se han pronunciado, al menos una vez, las palabras “el cuello de botella es…”.

A veces, la presencia de un cuello de botella, y sus efectos, es clara. Otras, a pesar de sus efectos manifiestos, no lo es tanto. Pero otras tantas, detrás de unos hechos manifiestos, no hay ningún tipo de cuello de botella. ¿Qué hay entonces? Que la complejidad no nos confunda, hermano. Y el azar tampoco. La incertidumbre es muy puñetera, y cuando campa por un sistema con elementos interdependientes… no veas. Precisamente en el ejemplo ilustrado en Excel del enlace anterior, uno de los experimentos fundamentales de la Teoría de las Limitaciones, cuyo nombre apunta a cuellos de botella, no hay ningún cuello de botella. Curioso. El sistema del ejemplo es el siguiente:


Cada uno de los centros de trabajo A-J puede procesar 3,5 inputs de media con una desviación estándar de 1,8 -ver el ejemplo Excel para mayor detalle- recordemos que nunca podemos dar un valor fijo y determinado, sino un rango. No existe, pues, en principio, ningún cuello de botella, todos los centros de trabajo tienen la misma capacidad de proceso. Pero luego vemos que la capacidad de producción de toda la cadena no es de 35 unidades de de media, como así sería si cada centro de trabajo fuera independiente del resto, ¡sino de 18! Y esto sin cuellos de botella a priori. Ata varios Murphys con una cuerda y verás que pasa.

En última instancia, podríamos ver un proyecto como un conjunto de entidades interrelacionadas. Un proyecto que no ande atascado no es lo normal. Veamos por qué, y recurramos a un símil automovilístico: el atasco de cada día. Bueno, no el de cada día. Veamos la historia de Vicente.

El pasado 14 de mayo, Vicente, como otros tantos currelas previsores, sale de su oficina en la calle Torrelaguna de Madrid a las 13:30, él que puede, para evitar el fatídico intervalo de minutos que ronda alrededor de las 15 horas, esto es, el atasco de salida de Madrid del puente de San Isidro. Sale a la M30 y todo parece tener buena pinta, el tráfico aún es más o menos fluido. Tras pasar el puente de Ventas, coge la salida de la R3 para evitar el peor asfalto de la A3 y encontrarse con menos vehículos. Cuando, a la altura de Perales de Tajuña, se incorpora finalmente a la A3, la mayor densidad de tráfico se hace notar, pero con toda fluidez. La cosa va bien hasta que, de repente, nada más cruzar el Tajo, se encuentra con una retención y acaba por detenerse. Y así se tira unos cuantos interminables kilómetros, entre parada y chafada de huevo, sacando la cabeza por la ventana para ver si distingue de una vez el accidente, la jodida obra que se les ha ocurrido hacer un día como ese, o lo que maldita la sombra sea, hasta que otra vez, de repente, se encuentra con vía libre por delante –y del supuesto cuello de botella, ni rastro-. La historia puede repetirse más veces hasta que al llegar a la altura de Honrubia, gran parte del tráfico se va por la A31, mientras que Vicente continúa por la A3, ya sin ningún problema más hasta su destino.

¿Retenciones y atascos sin ningún cuello de botella que los cause? Pues sí. De hecho, veremos que los cuellos de botella ni tan siquiera pueden ser causa, sino catalizadores. Ya desde la década anterior se habían venido haciendo simulaciones de este tipo de situaciones en las que se llega a un atasco de forma espontánea, sin la necesidad de ningún cuello de botella que lo genere. Pero hasta hace nada, no se había efectuado un experimento controlado que ratificara la realidad del efecto –en el caso del tráfico-. Los resultados han sido publicados aquí. Aún mejor, nada como verlo en vivo y en directo:





En la película se observan 22 coches circulando por una carretera circular de 230 metros de circunferencia. Al inicio se les dice a los conductores que deben intentar circular a 30 km/h manteniendo un espaciado uniforme que se ha fijado. Y así lo hacen hasta que, al cabo de poco tiempo, esa circulación tan homogénea se desvanece apareciendo una retención que viaja como una onda hacia atrás, como las que ocurren en las autopistas –aunque en este caso se ve de una forma muy clara la ausencia de un cuello de botella y la aparición de la retención como un fenómeno emergente. Que el número de coches sea 22, se ha elegido así para que se pueda observar el fenómeno, pues es del mismo tipo que hace que el agua se convierta en hielo a cero grados centígrados, o vapor a cien –transición de fase para los legos en la materia-. Lo que en realidad ocurre es que existe una densidad crítica que marca dos regímenes bien diferenciados: uno con tráfico fluido y otro con un atasco que se propaga en forma de onda en sentido contrario al del avance de los vehículos. Así pues, todas las autopistas tienen una capacidad crítica a partir de la cual el tráfico fluido pasa a ser un una situación inestable deviniendo nuevo equilibrio radicalmente diferente, que no es más que el de la retención. Esta capacidad crítica se ha podido medir con datos reales obtenidos en autopistas japonesas, siendo de 25 vehículos por kilómetro. El del ejemplo de la carretera circular es bastante menor debido a sus características intrínsecas diferentes a las de una autopista. Pero curiosamente, hay un parámetro que es independiente del tipo de carretera. Se trata de la velocidad de la onda de atasco, que es de unos 20 km/h, tanto en el experimento de la carretera circular como en los datos obtenidos a partir del tráfico en autopistas. De esto se deduce que la propiedad fundamental de un atasco es el movimiento y no la carretera –que no se entere de esto el alcalde de vuestro pueblo ni el ministro de fomento-.

Sí, sí. Pero, ¿cómo demonios se ha producido el atasco? Pues no es más que un fenómeno colectivo emergente en un sistema complejo fuera del equilibrio. Fuera del equilibrio porque al pasar de la densidad crítica de vehículos, el tráfico fluido ya no es el equilibrio del sistema –ahora, en realidad, está lejos del nuevo equilibrio, que es la retención-, y se produce la transición de fase –de la misma manera que cuando enfriamos agua a cero grados centígrados pasa a algo que, ya visualmente, es totalmente diferente-. Cuando el tráfico de vehículos ha abandonado su anterior equilibrio, cualquier fluctuación –levantar ligeramente el pie del acelerador, presionarlo ligeramente, girarse para hablar con el copiloto, sintonizar una emisora de radio, embelesarse con un recuerdo, el pistón que ha hecho medio milímetro menos de carrera, cualquier cosa, little Murphy- es suficiente para que un conductor modifique ligeramente su movimiento y el resto es historia inevitable. ¿Fenómeno complejo esos 22 coches circulando en círculo? Pues sí, y si te parece simple y ya ocurre eso, imagina un proyecto…

¿Y qué pasa con los cuellos de botella? Pues hemos visto que, para empezar, no son necesarios para crear atascos en un sistema. Aún así, ¿podrían llegar a causarlos? En realidad, el mito ha caído. La verdadera causa es la transición de fase producida en la densidad crítica, el papel del cuello de botella quedaría relegado al de mero catalizador. Y me explico. Una obra, la eliminación de un carril, lo que en realidad hace es reducir el valor de la densidad crítica para la que se produce la transición de fase. Si la densidad de vehículos crítica de la calle Costa Rica de Madrid es de, digamos, 15 vehículos por kilómetro, y se ponen de obras en Cuzco bajando dicha densidad crítica a, digamos otra vez, 9 vehículos por kilómetro, y el día anterior íbamos tranquilamente al trabajo con una densidad de tráfico de 14 vehículos por km; hoy con la misma densidad de tráfico que la del día anterior nos encontramos con un atasco y un perfecto culpable. El día anterior, si hubiera habido una densidad de tráfico de 16 vehículos por km, nos hubiéramos encontrado con un atasco y sin una cabeza de turco visible a quien endiñar nuestra frustración. El cuello de botella es como la sal que se echa cuando hay heladas para evitar que se formen placas de hielo, que simplemente lo que hace es disminuir el punto de fusión del agua, de la misma manera que las obras en Cuzco disminuyen la densidad crítica de vehículos de la calle Costa Rica, para la cual se forma espontáneamente un atasco.

Los proyectos tienen cuellos de botella y limitaciones, sí. Pero limitarán ciertos parámetros del proyecto, nunca serán la causa última de que nos atasquemos. No hay que confundir el hecho de tener limitaciones a lo que se puede hacer con atascarse en lo que hay –y se puede- hacer. Los atascos se producen porque sí y, como mucho, manipulando cuellos de botella, se puede mitigar su aparición. ¿Atribulado? No se apure. Probablemente no se le presente este tipo de problema, si es de los que, en la intimidad, llega a confesar que sus proyectos son de este tipo:


21 mayo 2008

Avance de la profesionalización de la Dirección de Proyectos

El master de Dirección de Proyectos de la Business Engineering School LA SALLE ha recibido recientemente la acreditación del Global Accreditation Center (GAC) del PMI. Es la primera titulación de estas características en recibir esta acreditación en España, y la tercera en Europa, desde que se estableció en el año 2001. En la actualidad, 15 instituciones en todo el mundo cuentan con un programa en Dirección de Proyectos con esta acreditación.

Los objetivos principales de la acreditación GAC del PMI son asegurar la calidad de los programas académicos en Dirección de Proyectos y ayudar a las instituciones académicas en la mejora de sus programas en este campo.

Más información aquí.

20 mayo 2008

Sobre homo sapiens y microcontroladores, unas glosas

Las personas no somos microcontroladores. Una serie de instrucciones programadas en un equipo de microcontroladores conduce invariablemente al resultado objetivo. Las mismas instrucciones pasadas a un equipo de personas… ejem, se hace lo que humanamente se puede. Luego está el tema de la precisión: un microcontrolador puede calcular con una precisión de milisegundos, que no es la misma con la que llegan nuestros aprovisionamientos, por citar un ejemplo que puede escocer.

Un microcontrolador no dirige un proyecto. Al menos, aún no me han presentado a ninguno. Hay quien duda de si, en realidad, alguien o algo dirige un proyecto, pero eso sería asunto de una nueva rama de la metafísica.

Los paquetes informáticos para la programación de proyectos, como MS Project, utilizan microcontroladores para realizar su trabajo. Así, si en una tarea cuya duración está condicionada por el esfuerzo estimamos que se requieren 15 horas, veríamos que la tarea sucesora daría comienzo a las 16 horas del día después de comenzar la primera, teniendo en cuenta que el horario de trabajo definido en el calendario del proyecto es de 8 a 12 horas, y de 13 a 17 horas –eso sí que es reconciliación familiar-. Si, en un alarde de exquisitez, hubiéramos llegado a la portentosa estimación de 15,6 horas, entonces la finalización se produciría a las 16:36 horas. El responsable de la siguiente tarea tomaría el testigo a esa hora, trabajaría durante 24 minutos más, reanudando su actividad el día siguiente a las 8 horas como un clavo –o como un microcontrolador. Todo eso con las noventa y siete tareas del proyecto y todas sus interrelaciones nos llevaría a una duración para el proyecto de siete meses, doce días, cuarenta y siete segundos y, para los amantes de la precisión sobre el papel, tres segundos. Bienvenidos a los mundos de Yupi –del microcontrolador, quiero decir-.

Para qué tanto cálculo absurdo. ¡Oh chips que regís el cálculo de cronogramas! “Condicionado por el esfuerzo” mola, pero mola más “pasar de condicionamientos”.

Campaña Por un cronograma más saludable.

19 mayo 2008

Una de gestión del tiempo

Si no fuera por el último minuto, no se haría nada.

15 mayo 2008

El secreto del éxito

Haz creer que puedes hacer una cosa y luego rodéate de la gente capaz de realizarla.

27 abril 2008

El epistemólogo impaciente (2)

Lee antes la primera parte de esta historia

Segunda parte

“Tanto el hombre de acción como el de ciencia viven
siempre al borde del misterio, rodeados por él”.

J. Robert Oppenheimer


Un ballet compuesto por interrogantes interpretaba en mi mente una mal coreografiada danza bruscamente perturbada por la coctelera en que se había convertido el avión durante el último intervalo de tiempo. Bueno, quizás una opereta, pues a los pasos rítmicos había que añadir un pésimo diálogo interior como sacado de una novelita de misterio de tienda de aeropuerto: ¿quién querría asesinar a Ian?, ¿en qué lío se había metido?, ¿qué era eso tan importante que quería contarme? Podría comenzar por hacer cábalas. Pero, aunque descartara lo imposible, lo que quedara aún podría ser cualquier cosa salvo la verdad por mucho que estuviera tentado a pensar lo contrario; el conjunto de datos de partida nunca es completo.

Abstraído con todas estas reflexiones y recuerdos de los últimos sucesos, no me di cuenta de que hacía bastante tiempo que habían cesado las turbulencias, cuando ya quedaba como una hora para el aterrizaje. Me encaminé hacia el baño para refrescarme y adquirir una apariencia más consciente. El angosto cubículo olía ligeramente a espárragos. Alguien a quien le funcionan bien los riñones, pensé. Aunque tampoco debía haber sido una ingestión reciente porque en el avión no habían servido espárragos durante la comida, recordé también. El resto del tiempo transcurrió sin ningún tipo de coreografía mental hasta que llegó el momento de abandonar el avión. Al final de la cola, la atractiva azafata cuya nariz me había cautivado durante todo el vuelo despedía a los pasajeros mientras les entregaba un folleto con publicidad de la ciudad. Cuando llegué a su altura, sin dejar de sonreír, me dedicó una mirada de complicidad de esas que, cuando llegan al cerebro, producen fotosíntesis y crece una pradera tirolesa entre las sinapsis neuronales. Cogí el folleto y salí a la pasarela que conecta con la Terminal. Ya fuera del aeropuerto, entré en un taxi y le indiqué al taxista una dirección próxima a la de Ian en Point Grey.

El movimiento periódico de los limpiaparabrisas marcaba el paso del tiempo mientras el vehículo rompía la fina lluvia en su avance hacia su destino. Atravesamos el brazo norte del Fraser dejando el delta sobre el que está construido el aeropuerto. Entonces torcimos a la izquierda para coger Marine Drive y trazar una diagonal hacia el noroeste. El taxista, un paquistaní de mediana edad, me preguntó si era del Quebec y le dije que no, que venía de Toronto, aunque era español, y que no era el primero que me lo preguntaba. Tras otros pocos intercambios banales de palabras, el taxista volvió a concentrase en su conducción y mi preocupación por Ian reapareció. Desde mi ventanilla divisaba unos campos de golf, en alguno de los cuales debí haber jugado con él pocos años atrás. Recuerdo cómo decía que bastaba con poder medir las variables envueltas en la trayectoria de la pelota para dejar al margen las habilidades del jugador y reducir el juego a un puro mecanismo de relojería.
- Santiago, sabiendo la presión atmosférica, la humedad y temperatura del aire en cada punto de la trayectoria, podríamos calcular el impulso y la dirección del golpe para mandar la pelota directamente al hoyo –dijo una vez para distraerme mientras me concentraba para efectuar mi golpe.
- Sí Ian. Pero, ¿y la precisión? Con sólo un orden de magnitud arriba o abajo en la precisión de alguna de las medidas, tus cálculos mandarían la pelota bien a Richmond o bien a Burnaby –respondí bromeando.
- Bueno, eso es porque nuestras teorías aún son aproximadas, pero en el momento en que tengamos acceso a la realidad última… –si lo observabas mientras decía esto, podías comprobar como su semblante se tornaba serio, como si se estuviera preparando para golpear.

En la intersección con Dunbar torcimos hacia el norte. La llovizna, aunque ligera, no cesaba y, al parecer, así había sido durante los últimos días según me había dicho el taxista; cosa absolutamente normal, por otro lado. Aunque se anunciaba una mejoría para el día siguiente. Casi estaba oscuro cuando llegamos al lugar que le había indicado al taxista. Cuando fui a pagar al taxista, el folleto que me había entregado la azafata salió junto con mi cartera. Al apartarlo, una tarjeta se deslizó de entre sus hojas y tuve que cogerla al vuelo. Le eché un vistazo en la penumbra y, en una de sus caras, escrito con delicados trazos, pude leer: Kimberly, y un número de teléfono de la zona a continuación. Guardé la tarjeta y pagué el importe de la carrera. Luego le solté al taxista un billete de 20 dólares a condición de que me esperara para otro posible destino. Salí del coche y retrocedí andando unos pocos metros al amparo de los robles hasta una esquina donde torcí a la derecha. Unos pasos más y me adentré nuevamente a la derecha por el camino que transcurre por las partes traseras de las casas. En la hilera de enfrente, la de las casas de la siguiente calle paralela, distinguí el garaje de Ian. No se observaba ninguna luz encendida en la casa. Subí las escaleras de madera que dan acceso a la puerta trasera. Cerrada. Bajé y busqué una de las ventanas laterales para ver si estaba su coche en el garaje. Tampoco. Todo indicaba que no se encontraba en casa. Me disponía a salir de nuevo al camino trasero cuando unos chasquidos me paralizaron por completo. Durante unos segundos relativamente largos estuve inmóvil a la espera de escuchar algo de nuevo. Finalmente me decidí a salir. Ya en el camino, volví a escuchar los chasquidos a mi espalda. Me giré sobresaltado y vi un mapache escarbando entre unos cubos de basura. Un poco más tranquilo abandoné el lugar, aunque andando con cautela pues no convenía alarmar a esos bichos.

De regreso en el taxi, indiqué la dirección de mi hotel. Cuando entré al Hyatt, un olor a espárragos me envolvió por un instante. Seguí avanzando hacia el mostrador de recepción sin volver la mirada. Mientras me registraba, eché una mirada disimulada hacia la entrada del hotel. Un tipo cuyo rostro parecía serme familiar, de una familiaridad reciente, se encontraba apostado al lado de la puerta por la que había entrado. Cuando acompañaba al botones hacia el ascensor y comprobé que estaba fuera de la visual del hombre espárrago, le entregué un billete de diez al botones y le dije que dejara la maleta en la habitación que yo ya subiría más tarde. Pasé al lado de la cafetería y salí por la puerta que da a Melville Street, justo al otro lado por donde había entrado. Me alejé calle arriba y saqué la tarjeta que me había guardado antes. Me quedé mirando el número de teléfono.

El apartamento de Kimberly era uno de esos que se encuentran junto al pequeño puerto deportivo de False Creek, en su orilla norte, entre los puentes de Burrard y Granville. Todo el conjunto brillaba en la oscuridad, un brillo dispersado por la llovizna. Los barcos permanecían amarrados en perfecta alineación como esqueletos desnudos a la espera de un mejor momento para desplegar sus velas. El ascensor me dejó en el piso diecinueve de un bloque de apartamentos y tras una de las puertas apareció el rostro de la azafata. Vestía una camisa granate sin mangas de Victoria’s Secret y unos vaqueros, llevaba el pelo suelto y estaba de un estupendo natural sin el maquillaje. Las aletas de su nariz se hincharon ligeramente y las curvaturas de su punto de silla se acentuaron cuando me dio la bienvenida y me invitó a pasar. Entramos en una estancia cálidamente decorada y tenuemente iluminada de manera que se podía observar a través de las ventanas una magnífica panorámica de la ciudad brillando bajo la lluvia en la oscuridad de la noche. La voz de Alanis Morrisette cantaba una versión acústica de Head Over Feet. Y el ambiente olía a piña.
- ¿Quieres algo de beber?
Tras preguntarme, se dirigió hacia un pequeño bar en el que, además de algunas botellas, vi una piña cortada por la mitad con los restos de la otra mitad dentro de una licuadora. El castaño de su pelo se encendió un poco al recortar la vista nocturna que provenía de las ventanas.
- Que sea un Martini, gracias –respondí.
Entonces cogió una botella de ginebra con la que llenó un vasito de medida y medio, y otro medio con vermú seco que vertió en la coctelera con hielo y le propinó unas sacudidas rítmicas.
- Todo auténtico –le dije mientras venía con mi copa y con la piña colada que había preparado para ella con el zumo de la licuadora.
- Como debe ser. No se puede mantener un Martini en una nevera por más tiempo del que aguantaría un beso allí dentro.
- De modo que también lees a Bernard DeVoto –le corté.
Sonrió y su sonrisa tiró de nuevo de las aletas de su nariz con los efectos devastadores que eso tenía.
- Sabía que vendrías –continuó con la misma mirada cómplice con la que me despidió en el avión. El musgo comenzaba a crecer en mis neuronas.
Con mi mirada recorrí parte de la estancia.
- ¿Incluyes este sitio en todos los folletos que entregas a los pasajeros?
- Sólo en aquellos destinados a hombres tan atractivos… –después de un breve silencio, un atisbo de timidez se dibujó en su semblante y añadió- …no pienses que es algo que ocurre muy a menudo.
- Debo sentirme halagado. Le diré a mi abuela que, aunque a tantos kilómetros de distancia, se ha encontrado con una dura competidora.
- Un hombre muy atractivo para dedicarse a lo que se dedica –prosiguió al margen de mis comentarios, mientras que las tenues trazas de timidez se desdibujaban de nuevo.
- ¿Y a qué me dedico?
- Pensaba que me lo ibas a decir –replicó regalándome una mirada nada inocente por encima de su copa.
- Vaya, me has plagiado el pensamiento. Te creía muy segura de tener una idea.
Por un momento pareció que la había pillado por sorpresa, pero su aparente vacilación no era más que una parada para coger carrerilla.
- Quería decir que, para ser un hombre de negocios, tienes una planta envidiable –dijo finalmente.
- Seguro que ha sido sin querer.
- Lo que importa son los resultados, no las intenciones.
- Veo que te va la gestión por objetivos. ¿Y cómo se supone que debe ser un hombre de negocios? Si lo dices por mi falta de ojeras, te diré que, aunque soy consultor, mi rango es de socio; las ojeras las sufren los pobres novatos. Vale, los senior también.
No replicó enseguida, pero esperé a que dijera algo. Después de un silencio recargado, como uno de esos de tarde tormentosa, llevándose su copa a los labios, dijo:
- Sigue, estás muy mono –acto seguido saboreó un largo trago.
- Bueno, quizás tenga algunas zonas grises en mi cabello.
- Precisamente esas zonas son de gran interés turístico en mi folleto. Aunque hay otras en las que me gustaría especialmente detenerme en mi tour –sus ojos de avellana brillaron como brasas avivadas por una brisa nocturna.
- ¿Siempre vas al grano en tus viajes? –atajé.
- Ya te he dicho que cuando lo que hay que ver merece la pena…
No había sido consciente de cómo se había reducido la distancia que nos separaba durante nuestra conversación. Por un momento creí que yo iba a acabar de anularla, entonces Kimberly se acercó por completo y me besó. Un embriagador aroma a coco me envolvió y sentí como el musgo iba a acabar por entumecer mi cerebro. Finalmente dejé de besarla.
- Verás. Es un poco pronto…
- No serás uno de esos ejecutivos que vende su coche y se hace monje tibetano.
- Nunca he tenido un Ferrari.
- Y nunca has leído “Los siete hábitos…”
- Kimberly –interrumpí serio- necesito quedarme esta noche aquí. Sólo quedarme.
Una sonrisa de tregua se perfiló en su rostro.
- Bueno, por algo se empieza.

Continuará...

© Diego Navarro. Todos los derechos reservados.

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18 abril 2008

Azar, necesidad y tiempo... mucho tiempo

O por qué los creacionistas se pierden cosas como esta: