30 octubre 2008

Que las ansias de optimización no perjudiquen tu proyecto

Cada vez estoy más convencido de que la educación tradicional en temas relacionados con la Investigación de Operaciones y Organización debería ser revisada y corregida –y superada-. No me canso de ver cada día cómo la concepción opaca y ciega que se tiene de “optimizar”, junto con los efectos perjudiciales de sistemas de evaluación del rendimiento basados en enfoques de optimización muy poco afortunados –justamente la concepción a la que me refiero, por lo que entramos en un ciclo retroalimentativo sin salida aparente-, pone trabas al logro de una buena gestión por proyectos. En realidad no sólo en proyectos. Ya en operaciones, se ha venido observando desde hace tiempo lo perjudicial que puede ser llegar a optimizar a diestro y siniestro cualquier parte de un sistema o proceso. En esa batalla ha andado metido Goldratt con su Teoría de las Limitaciones, y la batalla continúa. Pero creo que en un proyecto la cosa puede ser doblemente grave. Porque, a la confusión que ya existe entre proyectos y operaciones, hay que añadir el hecho de que una optimización que tiene sentido en operaciones no tiene por qué tenerlo en proyectos –y resulta que todos los métodos de optimización vienen de la Investigación de Operaciones, es decir, del mundo de las operaciones, por lo que hay que ir con mucho ojo-. A continuación, algunas recomendaciones:

  • Las técnicas de optimización no son leyes, ni mucho menos leyes absolutas, como algunos académicos nos pretenden inculcar. No hay que tomarlas como unas recetas universales que se aplican con una fe ciega. En cambio, hay que observar un sistema con una mente abierta, un enfoque deductivo y un espíritu crítico frente a lo que dicen las recetas o “guía-burros”.
  • Lo que funcionó en el pasado no tiene por qué funcionar en el presente. Los sistemas cambian con el tiempo y, con ellos, los óptimos.
  • Ojo a la contabilidad de costes tradicional. Si en operaciones Goldratt ya puso el dedo en la llaga, en proyectos es una trola como un trolebús –valga la troldundancia-. “Si una mujer embarazada hace un niño en nueve meses, nueve mujeres embarazadas no hacen un niño en un mes”. Recomiendo al respecto la lectura de la primera parte del libro “El síndrome del pajar” de Goldratt.
  • En una organización multiproyecto con una estructura funcional muy bien definida hay que luchar contra la inercia de las áreas funcionales a organizar la parte de los proyectos en la que intervienen como si estuvieran haciendo churros. Si optimizan de forma salvaje su “producción” como si fuera una churrera, pueden poner en jaque la dimensión horizontal temporal de uno o varios –la experiencia demuestra que, al final, todos- proyectos e, incluso, llegar a producir retrabajos. Al final el discutible ahorro de costes producido en cada área funcional es absorbido por otros costes, incluidos los de una mala gestión.
  • No culpar a nadie por hacer aquello que hace que consiga los objetivos que tiene marcados. En la gran mayoría de los casos, la dirección no hace más que recoger los resultados de aquello que ha sembrado: “dime cómo me evalúas y te diré cómo me comporto”.
  • La optimización absoluta de todos y cada uno de los elementos de un sistema o proceso es imposible. Para que el todo funcione a un rendimiento óptimo, algunos de sus componentes lo harán así, pero otros muchos no. El pensar que porque un elemento no esté optimizado y funcionando a pleno rendimiento se pierde dinero es una concepción equivocada. Recomiendo al respecto el capítulo 15 de “Cadena Crítica” de Goldratt, y la segunda parte del anteriormente citado “El síndrome del pajar”.

26 octubre 2008

Pero qué jeta

La que tiene Paul Samuelson al escribir esto. Ante la enésima prueba de que los mercados no siguen sus leyes cientifistas sobre la racionalidad, la optimización, la maximización y el equilibrio termodinámico -cuando un verdadero científico habla de termodinámica, digamos en un foro sobre el cambio climático, todo el mundo aparta la vista y piensa qué co*azo; mientras que si es un economista, y además galardonado con el seudo-nobel, entonces todo ese mundo hace como que presta atención y capta algo de esa jerga chamánica y alquimista- tan sólo queda poner cara de circunstancias, hacer largos pases de 180 grados con los ojos de nunca haber roto un plato… y echar balones fuera. Sobretodo echar balones fuera. Aunque algún remordimiento protestante debe tener cuando en el punto 7 de su perorata explicatoria de la crisis dice que puede que él y alguno de sus amiguetes –esos del diploma del Sovereign Bank Sveriges Riksbank colgado en la pared- “lo pasen mal cuando se enfrenten a San Pedro en las puertas del cielo” –mientras, el resto de los mortales sin diploma, sufriremos las 10 plagas aquí en la tierra-.

Con San Pedro no lo sé, pero si se encontrara con el fallecido Tversky, creo que difícilmente podría mirarle a la cara. Precisamente Tversky y Kahnemanviejos conocidos de este blog- dinamitaron con sus estudios realizados en los años 70 y 80 todo el edificio que Samuelson construyó basado en las premisas de racionalidad, optimización y maximización. Pero eso es otra historia. Porque lo que quiero es hacer hincapié en que el superficial acto de contrición que hace Samuelson es un reflejo de lo que ha venido repitiéndose ad nauseam en todos los medios acerca de la crisis financiera. Y que se puede resumir con esta frase de su artículo:

“¿Cuál es el problema? Es verdad que los derivados y los créditos recíprocos pueden proporcionar un reparto racional del riesgo y, por consiguiente, reducir el riesgo total, pero también pueden destruir por completo cualquier transparencia”.

Al final el único chivo expiatorio es la debilidad humana de dejarse arrastrar por la codicia y la corrupción. Pues menudo descubrimiento. Que nos den a todos el diploma.

Está claro que se han realizado operaciones financieras, como las hipotecas subrpime, por debajo de los umbrales de riesgo tolerados por las fórmulas ortodoxas de cálculo de riesgos de los pupilos de Samuelson, y que eso ha llevado a lo que ha llevado. Está claro también que otros, sin rigor ético, quizás aprovechándose de una falta de transparencia, han camuflado esos productos de alto riesgo en otros de bajo riesgo, y que eso ha llevado también a lo que ha llevado. Pero lo que no reconoce Samuelson es que, en el fondo, no es verdad que los derivados, los créditos recíprocos y todos esos constructos alquimistas pueden proporcionar un reparto racional del riesgo, reduciendo el riesgo total. Así, que no se produzcan las prácticas temerarias y deshonestas que se han mencionado no significa, ni mucho menos, que no puedan producirse crisis financieras –en realidad, frente a lo que nuestro instinto de primate pueda decirnos, en un sistema no lineal que se autoorganiza, como pueden ser los mercados, no hace falta una gran causa para desencadenar un gran efecto, también puede ser una pequeñita. Y las formulitas de tipo samuelsoniano no tienen en cuenta esto –entre otras cosas porque los mercados no están en equilibrio termodinámico-, por lo que pueden crearnos la ilusión de que no hay riesgo cuando lo hay, y tomar decisiones sumamente arriesgadas o descabelladas creyendo todo lo contrario.

Lejos de reconocerlo, Samuelson se permite la soberbia de tachar a “directores generales desde Nueva York hasta California” de ignorantes porque “ninguno de ellos entendió nunca nada de las fórmulas de Black, Scholes y Merton para valorar activos”, cuando unas líneas antes no se olvida de recordarnos que él mismo fue un “estudiante brillante de la Universidad de Chicago” –hay que mear bien el terreno-. Nuevamente, no son las fórmulas el problema sino la falta de inteligencia y/o de ética del resto de los mortales. En realidad, y como no es extraño en su disciplina, suele recurrir a argumentos de autoridad –desde luego no podría utilizar la naturaleza como juez como haría una verdadera ciencia- para defender sus fórmulas de aquellos quienes tienen dudas sobre su validez. Según cuenta Nassim N. Taleb en su libro “El cisne negro”, Samuelson solía intimidar a aquellos que cuestionaban sus técnicas diciendo que “el que puede hace ciencia y el resto metodología”, refiriéndose por hacer ciencia al uso de las matemáticas en economía. No sé en qué lado de esa frontera de lumbreras habría que ponerle a él cuando, en su libro “Economía” dice que:

“La economía no puede efectuar los experimentos controlados de los químicos y de los biólogos porque no está en condiciones de controlar todos los otros factores. Como los astrónomos o los meteorólogos, los economistas deben limitarse en gran medida a observar pasivamente”.

Una sentencia que, por lo que se refiere al modo en que astrónomos y meteorólogos actúan hacen su trabajo, no hace más que revelar su ignorancia sobre lo que es ciencia e investigación científica.

10 octubre 2008

Bubbledust

No sólo los economistas han sido incapaces de demostrar que sus modelos funcionan, sino que ninguno ha podido demostrar que el uso de un modelo que no funciona es neutral, a saber, que no incrementa la toma ciega de riesgos y, por ende, la acumulación de riesgos ocultos.

Nassim N. Taleb


Gráfico tipo “pavo” del índice bursátil del IBEX 35:

06 octubre 2008

Burbujitas

Existen unas 1011 estrellas en la galaxia. Solía ser un número muy grande. Pero tan sólo son cien mil millones. ¡Menos que el déficit nacional! Solíamos llamarlos números astronómicos. Ahora deberíamos llamarlos números económicos.
Richard P. Feynman

01 octubre 2008

Esperanza otoñal

Despúes del paréntesis y posterior epílogo veraniegos, reconforta leer algo como esto.