26 febrero 2014

La verdad sobre la ley de Parkinson

Debe ser difícil encontrar a alguien que no haya escuchado alguna vez, ciertamente imposible que no lo haya sufrido, ese mantra que afirma que “el trabajo se expande hasta ocupar todo el tiempo disponible para su finalización”, y que popularmente se denomina “Ley de Parkinson”.

Esta “ley” es especialmente invocada en las disciplinas de la Gestión del Tiempo y el método de la Cadena Crítica en Gestión de Proyectos –ver por ejemplo este tutorial. En el primer ejemplo como una advertencia sobre la importancia de delimitar correctamente el tiempo estimado para realizar una tarea; en el segundo como una de las causas raíz que hacen que intentar protegerse de la incertidumbre que acecha en todo proyecto efectuando estimaciones hartamente abultadas de las duraciones de todas y cada una de las tareas del proyecto es, en sí mismo, una tarea fútil.

Confieso que, en un principio, siempre había pensado que su origen estaba más cerca del mero enunciado –y posterior transmisión- oral del estilo de la ley de Murphy, que de un desarrollo más elaborado y publicado –sin dejar por ello su toque de humor y exquisita ironía- del estilo del principio de Peter y el principio de Dilbert. Aunque un día descubrí que, de hecho, sí había sido originalmente publicada y que su autor, Cyril Northcote Parkinson, destilaba efectivamente un exquisito y fino humor. La ley de Parkinson fue publicada en un artículo en The Economist, precisamente con ese título, a finales de 1955 y lo primero que sorprendentemente uno descubre en dicho artículo es que la ley no tiene que ver tan precisamente con el enunciado que tradicionalmente se le ha atribuido.

Cómo se ha llegado a esta curiosa metamorfosis del enunciado de la ley es una cuestión cuya respuesta probablemente quede permanentemente camuflada entre el azaroso devenir de las conversaciones nada ociosas en los recesos laborales de los años posteriores a 1955. A pesar de la dificultad de dilucidar tamaña incógnita, e ignorando la nada despreciable posibilidad de que tan loable fin roce la frontera de la imposibilidad, aún me atrevería a apuntar un par de modestas trazas hacia ese fin. A saber, que la primera frase del artículo sea: “Es una observación común que el trabajo se expande hasta ocupar todo el tiempo disponible para su finalización”, o bien que el verdadero enunciado de la ley, expuesto ya bien entrado el artículo, sea una fórmula matemática. Es importante resaltar en este punto que ambas pistas no son mutuamente excluyentes. Es más, se refuerzan mutuamente reforzando cierta convergencia hacia mi modesta explicación.

Respecto a la fórmula matemática, sólo mencionar que gobierna el incremento de personal de cualquier departamento de la administración pública en función de ciertos parámetros determinados entre los que, sorprendentemente, curiosamente al menos, no figura la cantidad de trabajo a realizar. Así, una forma de ver la verdadera ley de Parkinson sin mostrar ninguna ecuación matemática –según reza cierto mantra del mundo editorial que advierte a los autores más incautos sobre las funestas consecuencias de hacerlo- es a través de un corolario impactante: el personal de la administración pública crece con el tiempo a una tasa dada por la ley de Parkinson independientemente de que el volumen de trabajo a realizar aumente, disminuya o, incluso, sea nulo.

Dejo al lector –que espero que haya llegado hasta aquí después de haberme tomado la molestia de seguir el consejo de los editores de publicaciones de divulgación científica- la, seguro que más ingrata, tarea de conjeturar confusos paralelismos entre algunas soluciones de la ecuación de Parkinson bajo ciertas condiciones de contorno y la ambiguamente menguante estructura estatal de ciertos países afectados por la coyuntura del último lustro.

Para finalizar, una apostilla que podríamos denominar Observación de Navarro:

El significado de un enunciado se expande hasta cubrir todo el espectro semántico disponible.

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