Cuarta parte
“No cloud, no relique of the sunken day
Distinguishes the West, no long thin slip
Of sullen Light, no obscure, trembling hues”.
The Nightingale, S. T. Coleridge†
Cuando entraba de nuevo en el edificio Hennings me tropecé con Bill, un profesor del departamento que fue contratado durante la época de mi estancia con Ian.
- Qué sorpresa, Santiago. No sabía que andabas por aquí.
- En realidad, acabo de llegar, Bill. He venido por asuntos de negocios y he aprovechado para hacerle una visita a Ian.
A pesar de que lo veía bastante de cuando en cuando, y la distancia entre cuandos solía ser de meses, incluso más de un año, la edad que parecía mostrar Bill siempre era la misma, detenida en algún momento indefinido de su adolescencia a pesar de que ya debía rondar la cincuentena; quizás debido a su rostro imberbe, quizás a su melanina que se resistía a ser desvirgada por los rayos del sol, quizás porque jugara al doctor Fausto en sus ratos libres. Una sonrisa en W se perfiló en su yermo rostro por unos breves instantes antes de que se disipara como lo hace un día soleado ante la llegada de un frente frío.
- No lo he visto desde ayer por la mañana -respondió-. Aunque estuvo casi todo el tiempo encerrado en su despacho. Puede que siga ahí, estos últimos días ha estado muy poco sociable, debe de ir detrás de algún resultado importante. Pero, ¿qué hacemos aquí?, podemos echar un vistazo.
Mientras nos acercábamos intercambiamos algunas impresiones sobre el acontecer de nuestras vidas desde la última vez que nos vimos. Cuando llegamos a la altura de la puerta, ésta estaba entornada y casi cerrada.
- ¿Ian? -llamó Bill al tiempo que golpeaba la puerta con los nudillos.
Cuando abrió del todo la puerta y accedimos a la estancia no vimos a nadie. Al fondo, la ventana por la que había saltado el espárrago estaba ahora cerrada.
- Creo que estará por aquí -al girarme para mirar a Bill me percaté de que en la pizarra no quedaba rastro de los restos de las fórmulas que había visto momentos antes; habían sido completamente borrados-, tiene el abrigo colgando del perchero.
No hice caso del perchero ni de las elucubraciones de Bill, algo a los pies de la pizarra me había llamado la atención y me acerqué para recogerlo. Resultó ser una caja de cerillas.
- ¿Qué es eso? -preguntó Bill.
Se lo enseñé. En una de las caras ponía Wickaninnish Inn. La retiré de su vista y aproveché que la dejaba sobre la mesa del escritorio para efectuar una inspección rápida de lo que allí había, o quedaba. Finalmente me dispuse para dejar la estancia.
- Está bien Bill. Si no lo veo por ahí fuera ya pasaré en otro momento.
Y me deshice de él.

- Te prometo que no será después de que tengas que volar de nuevo.
- Está bien, me contentaré con la reposición que hacen de The Spanish Prisoner en la filmoteca –concedió con un tono coqueto, después de intentar apelar infructuosamente a mi falta de palabra durante toda la conversación para ver si cambiaba de plan.
Colgué habiendo echado de menos la evolución de las curvaturas de su nariz durante la conversación y con la incómoda sensación de miedo a que no tuviera otra oportunidad para verla de nuevo. Pagué la cuenta y, tras pasarme por mi habitación del hotel para asearme y cambiar de indumentaria por segunda vez en el día, me fui a alquilar un coche.
- Here you go, Mr. Margaix –dijo el dependiente entregándome las llaves de un Buick Lucerne de color gris plateado y con un apenas perceptible y minúsculo arañazo en la aleta posterior izquierda, esto último pronunciado con dos acentuaciones tónicas sobre las palabras “apenas” y “minúsculo”-, plaza número 17.
Tras salir del aparcamiento, me incorporé a Cordova Street para evitar el tráfico que pudiera haber en el cruce de Burrard con Pender. Atravesé el parque Stanley y crucé el puente hasta la orilla norte de la bahía para tomar la transcanadiense, que atraviesa todo el país de este a oeste, y consumir sus últimos kilómetros que mueren en la terminal de ferry de Horseshoe Bay. Cuando ya no pude avanzar más, me detuve detrás de un Toyota azul, en la cola de uno de los carriles de acceso al ferry que va a Nanaimo, en la isla de Vancouver.

El movimiento de los primeros coches de la cola disipó por completo la niebla de reflexiones en que me encontraba inmerso para devolverme a la irrefutable realidad del presente. El tipo al volante del vehículo de mi derecha parecía ahora que se había fundido en un éxtasis con el horizonte. Puse en marcha el motor y me preparé para el momento en que tuviera que avanzar. Un movimiento que rompió la monotonía del vehículo de mi derecha hizo que desviara de nuevo mi vista hacia el mismo. Un nuevo torso y cabeza se habían elevado desde la parte que el límite inferior de la ventanilla ocultaba de mi vista y vi como una mujer se había incorporado sobre el asiento del copiloto. El Toyota azul avanzó y lo seguí con un ligero golpe de pedal. Mi viaje hacia el oeste prosiguió después de desembarcar en Nanaimo. Al final de mi persecución del sol de poniente, conseguí llegar a la costa oeste de la isla justo en el momento en que se disponía a desaparecer en medio del Pacífico.

Continuará...
© Diego Navarro. Todos los derechos reservados.
Otras aventuras de Santiago Margaix.
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†“Ni una nube, ni un asomo del día que extingue
distingue al oeste, no hay ni una sola estría alargada
de luz mortecina, ni colores oscuros temblorosos”.
El Ruiseñor, S. T. Coleridge.
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