13 noviembre 2008

El epistemólogo impaciente (3)

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Tercera parte

El pronóstico que hizo el taxista la tarde anterior no podía haber sido más acertado. Había amanecido un día radiante, de esos que sólo puedes encontrar en Vancouver después de un largo periodo de lluvia, aunque suave, continua y monótona. Incluso la temperatura era inusualmente más que agradable para estar aún en medio de la primavera. El sofá del salón de Kimberly había resultado ser muy confortable, o bien andaba necesitado de descanso o, quizás, ambas cosas. El resultado ineludible es que había dormido toda la noche de un tirón, de forma que parecía como si hubiera transcurrido un gran lapso de tiempo desde los acontecimientos del día anterior. Un tiempo que parecía haber transcurrido en blanco, como si un hipotético narrador de historias se hubiera abandonado a la pereza de no seguir contando su historia, habiendo permanecido congelada durante todo ese tiempo. Precisamente tiempo es de lo que no sabía cuánto disponía, si es que disponía de alguno y no había llegado demasiado tarde. En realidad, ni tan siquiera tenía claro qué había venido a hacer.

De momento, la única verdad que podían destilar mis sentidos era el aroma húmedo y dulzón de la bahía. Había abandonado temprano el apartamento de Kimberly. Ella se había quedado en la cama. Al parecer, disponía de algunos días de descanso antes de su próximo vuelo programado, por lo que permanecería en la ciudad durante ese tiempo. Afuera, una suave brisa fresca de la mañana indicaba que solamente iba a ser eso, una brisa pasajera de la mañana, quizás un esperanzador indicio de la fugacidad de mis preocupaciones. Esta vez desanduve el camino hacia el hotel andando, por lo que fui triangulando algunas calles hasta alcanzar Burrard para cruzar gran parte del centro hasta llegar a la puerta del hotel. El tráfico aún no llegaba a la intensidad que alcanzaría dentro de algunos minutos, pero ya comenzaba a hacer notar su presión continua sobre el asfalto de Burrard. Al entrar en la recepción no vi rastro del hombre espárrago o, al menos, indicios de su aromática estela. Una vez en mi habitación, me despojé del traje y me metí en la ducha. Dejé que el agua corriera hasta sentir sus efectos relajantes sobre mi piel. Encaré la cabeza hacia el chorro de agua para que impactara directamente sobre mi cara, y aproveché esos instantes para ver si se hacía la luz de repente y conseguía averiguar qué demonios estaba haciendo.

Sin haber averiguado nada salvo que tenía hambre, salí de la ducha y me vestí con algo más informal y limpio. No hay nada como una necesidad primaria para mover el mundo cual fulcro arquimedeano. Dicen que no se puede filosofar con el estómago vacío, que las necesidades humanas se estructuran según una jerarquía, con las fisiológicas en la base de una pirámide. Aunque también dicen que el hambre agudiza el ingenio y su falta conduce al tedio y la insatisfacción de las sociedades. Paradojas de la existencia. Por la ventana se divisaba al frente, erigiéndose vertiginosamente desde el mar, Grouse Mountain con su capucha blanca y las pistas de esquí haciendo el papel de lazos colgando de ella. En la radio estaban entrevistando a un gurú de moda de la economía, de esos que pertenecen a la modalidad del “yo ya lo venía diciendo desde hace tiempo”, que aprovechaba la coyuntura para arremeter contra el sistema.
- Y vendrá una tremenda recesión que nos llevará a todos a la edad de piedra.
Me dio la impresión de que le parecía una buena idea. Apagué la radio y salí hacia la cafetería. Pedí unas tortitas con huevo revuelto, salchichas y beicon que me zampé junto con dos tazas de café caliente sin necesidad de palancas ni andar por los planos inclinados ni las afiladas aristas de ninguna pirámide, y me llevé también otro café en un vaso de cartón para el camino.

Eché el vaso vacío a la papelera cuando el autobús atravesaba el Pacific Spirit Park y agotaba los últimos metros que le separaban de su última parada en la universidad de la British Columbia. Cuando entré en el edificio Hennings tuve que atravesar un río de estudiantes que debían de salir de alguna de las aulas de la planta baja. Subí a la primera planta y me encaminé al despacho de Ian. La puerta estaba cerrada. Di unos golpes y esperé unos instantes a la espera de algún sonido que indicara presencia, o aplacara mi expectación. No percibí nada. Giré entonces el picaporte. En realidad, la puerta estaba abierta. La abrí del todo y me quedé inspeccionando la habitación confirmando que Ian no estaba en ella. Entré en el despacho y volví a realizar un repaso superficial del espacio. En la esquina derecha de la puerta había un perchero con una gabardina y un paraguas colgando. Sobre la pared lateral que continuaba perpendicularmente a su derecha había una pizarra con algunas fórmulas, entre las que reconocí parte de los términos del paseo aleatorio de Markov y base de las fórmulas de Black y Scholes para la fijación de precios de opciones y activos financieros, y la teoría moderna de la cartera. La sensación de algo extraño se escondía tras la visión de esas expresiones escritas sobre la pizarra. Parecían formar parte de un desarrollo más extenso, aunque en su mayor parte había sido borrado. A la izquierda de los términos de Markov sobrevivían algunos garabatos que parecían indicar que aquello era algún tipo de desarrollo perturbativo, una especie de serie de Dyson, de los que los de Markov eran los primeros términos de la serie. ¿En qué andaba metido Ian? ¿Acaso tenía eso que ver con ese descubrimiento tan importante del que me había hablado?

Un estruendo súbito me sobresaltó, la puerta se había cerrado con un sonoro portazo. Al otro lado de la habitación la ventana estaba abierta por lo que una corriente de aire debía haber producido el brusco cierre. De espaldas a la ventana estaba la mesa escritorio de Ian, aún no me había fijado en ella hasta el momento. Algunos papeles se habían esparcido por el suelo debido a la corriente. Me encaminé hacia la mesa y comencé a rebuscar entre lo que había en ella. De repente, de entre el abigarrado espectro de olores presentes en la habitación, distinguí uno que apenas conseguía hacerse un hueco entre las terminaciones nerviosas de mi pituitaria, aunque el suficiente como para destacar como un elemento extraño del conjunto. A menos que el olor a espárrago sea algo habitual en un despacho académico repleto de libros, hojas con garabatos, cálculos matemáticos y polvillo de de tiza. Alcé la vista de la mesa y distinguí que algo sobresalía sobre el alféizar de la ventana. Cuando llegué hasta ella algo había saltado desde la cornisa hasta el suelo destrozando parte del pino rastrero que ornamenta los laterales del edificio. Eso que saltó no se clavó en el suelo como un espárrago, aunque tampoco se espachurró como un espárrago; la capa de trozos de corteza del suelo, junto con el pino rastrero, habían hecho de amortiguador. El tipo se levantó como pudo y comenzó a correr renqueando hacía el jardín que hay enfrente de la antigua biblioteca.

No me sentía con ánimos de contribuir a un pinorrastricidio, no en ese momento, así que salí corriendo del despacho de Ian. Nada más irrumpir en el pasillo, por poco no me fui al suelo arrastrando conmigo a una morenaza escultural de rasgos coreanos; todo eso llegué a captarlo en apenas el escaso segundo durante el que transcurrió la operación de dribling. Para que luego digan que las mujeres no curvan el tiempo, como implora aquel bolero. Dejando tras de mí sólo un lacónico sorry, sin más aliño que el que le proporcionara un ligero efecto Doppler, seguí corriendo hasta alcanzar la salida del edificio. No vi a nadie, así que continué por donde lo había visto escapar. Cuando llegué al jardín lo vi desaparecer por la zona de los edificios de arte y, cuando atravesé la zona y me planté frente al museo de antropología, desaparecía dando brincos entre los helechos por el sendero que baja a la playa nudista. Ese sendero está terriblemente empinado, salvando un gran desnivel en pocos metros, pero por algo tuve un gran entrenamiento durante mi adolescencia. Así que llegué abajo con tiempo suficiente de poder haberlo alcanzado por el camino; y no lo había alcanzado. Tampoco había rastros en la playa. Di media vuelta y me quedé contemplando la espesa vegetación, compuesta por cedros, abetos, alisos, arces e incontables arbustos, de la que había salido y comprendí que podía haberse escondido en cualquier lugar y que ya no lo encontraría.

Frustrado, comencé a andar hacia el sureste por la playa para coger de vuelta el otro camino menos empinado. Una melodía a ritmo de reggae llegó hasta mis oídos. Más adelante una banda de músicos en pelotas interpretaba dicha melodía. El sonido se fue perdiendo a medida que subía por el sendero hasta alcanzar unas residencias para estudiantes. Me sacudí el barro y la arena húmeda que me llegaban hasta casi las rodillas. Mientras abandonaba el lugar, al cobijo de los cerezos en flor, los restos de aquellas ecuaciones escritas en la pizarra del despacho de Ian se asomaron tímidamente de nuevo a mi mente. Todo aquello tenía mucho que ver con la hipótesis del mercado eficiente, que viene a decir que en el precio actual de un activo financiero está reflejada toda su historia pasada de los valores que ha ido tomando a lo largo del tiempo, y nada más. Y que cualquier información nueva acerca del mismo es incorporada de forma inmediata en su nuevo valor, de forma que no hay ninguna posibilidad de tomar ventaja de ello. ¿Había descubierto Ian algo nuevo acerca de tan controvertida, aunque con muchos seguidores ciegos, hipótesis? Aunque creo en otras alternativas a dicha hipótesis, estás estarían más del lado de mayor incertidumbre antes que del de la certidumbre, como le gustaba imaginar a Ian. Ahora bien, si había encontrado algo por este último lado, era como estar sentado sobre un barril de dinamita. Algo por lo que muchos matarían con tal de conseguirlo. En exclusiva.



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