20 febrero 2009

Sobre Darwin, evolución y selección natural

Esto no viene a cuento sobre el tema que caracteriza este blog –bueno, quizás un poquitín-. No me suelo prodigar en hablar sobre temas generales u otros más concretos, pero diferentes del que, como decía, caracteriza este blog, por aquello de que intento cuidar con mucho celo la especialización del mismo. A pesar de ello, alguna vez me he tomado la libertad de hacer alguna excepción, y ahora toca una de esas en la que no puedo resistir la tentación.

El apretón viene por la moda del año en que los medios de comunicación están convirtiendo el Año Darwin. Y el filtro que provoca el poco caso que suelo hacer a la desinformación en la que suelen incurrir habitualmente, no ha evitado que, ya a estas tiernas e incipientes alturas de año, haya cosechado un número, que está empezando a dejar de ser trivial, de bobadas. Pero no os asustéis, esto no va de listas mágicas o quejas y pataletas varias. Me quedo sólo con una rectificación que quiero hacer: la evolución no es una teoría, es un hecho empírico. Y para ilustrarlo, permitidme que recurra primero a un ejemplo aparentemente diferente.

Si alguien va paseando por la calle y, de repente, un desconocido no le regala flores, sino que le lanza una maceta desde un segundo piso y el tío –ese alguien que pasea- está lo suficientemente experimentado en la vida como para responder de forma correcta a las evidencias cotidianas de la vida diaria, lo normal será que se aparte. No es que sea supersticioso el tipo. En su más o menos dilatada experiencia, ha llegado a interiorizar que un objeto abandonado a su suerte cae de arriba hacia abajo. No necesita que se lo demuestren, ni tener fe. Simplemente es un hecho cotidiano. Durante toda la vida lo ha visto y, por lo que ha oído decir a sus abuelos, sus amigos, etc., no son visiones exclusivas suyas. También pareció ser así en otros periodos pasados, pues en el Medievo se utilizaba el hecho para freír con aceite hirviendo al enemigo que asediaba una fortaleza, o los romanos para erosionar montañas y sacar oro en las Médulas. Nada le obliga a pensar que en ese momento no fuera a funcionar de la manera en que lo hace habitualmente, aunque ello no le inducirá a buen seguro a quedarse quieto a esperar que la maceta le aporree la cabeza. Y seguro que hace bien en apartarse. En resumen, que los cuerpos caigan de arriba hacia abajo es un hecho empírico.

Luego, existen lo que se llaman teorías que intentan describir las sutilezas que se esconden detrás del fenómeno. Y tenemos desde la aristotélica del lugar natural al que tienden los objetos y del impulso –tampoco es el que te regala flores-, hasta la Relatividad General de Einstein, pasando por la Gravitación Universal de Newton. De estas tres, la primera no es científica porque no se puede someter al juez imparcial que es la observación –de hecho, se podría utilizar para explicar casi cualquier cosa-, mientras que las dos segundas sí. Y, ¿qué hace tan malo que algo pueda explicar casi cualquier cosa? Pensemos en la ley de gravitación universal de Newton que establece que, en vez del ansia de ocupar su lugar natural, los cuerpos son atraídos por la Tierra por una fuerza central que es inversamente proporcional al cuadrado de su distancia al centro. Esta segunda es muy específica y muy improbable que sea un resultado del azar. Pero, sobretodo, podemos probar, observar y medir si es o no así; y con un margen de maniobra muy reducido en cuanto a los posibles resultados. Es decir, propone que sea así y no de cualquier otra manera.

- Sí, vale, ¿pero que hay de la Relatividad General, que establece que lo que en realidad hace caer la maceta no es una fuerza central sino un retorcimiento del espacio producido por una gran masa como es nuestro viejo y desvencijado planeta? –podría preguntar un contertulio de esos que alardean, como si fuera una gran virtud en este país, de su analfabetismo científico al mismo tiempo que debaten, con toda la alegría e impunidad del mundo, sobre temas con cierta base científica-, ¿no demuestra que Newton estaba equivocado?

Por lo pronto, deberían salir corriendo despavoridos de los estudios donde se dedican a platicar de forma calenturienta, pues, para su construcción, se han seguido precisamente las leyes de Newton y no las de Einstein. Decir eso es lo mismo que decir que, a partir del momento en que Einstein formuló su teoría de la Relatividad General, todos los edificios del mundo deberían haberse caído de forma instantánea al dejar de ser válidas las leyes bajo las cuales se había basado su construcción. No parece haber sido el caso. La observación manda. Es un hecho empírico que no se han caído. Es más, como unos 90 años después de dicha formulación, se siguen utilizando las leyes de Newton para, entre otras cosas, poner satélites en órbita o enviar misiones a Marte. Pues sí que andaba errado el pobre Newton. Lo que suele ocurrir en realidad es que una buena teoría científica no deja de ser válida de la noche a la mañana, ni se cambian los paradigmas ni se dan otro tipo de memeces de las que cuenta Kuhn en su libro. De hecho, es más correcto interpretar la Relatividad General como una extensión de la Gravitación Universal, cosa que es en realidad y que, como test de consistencia, reproduce la teoría de Newton cuando se restringe al ámbito de aplicación de esta última. Este hecho es más grandioso de lo que aparenta, y corrobora que el método científico es muy potente a la hora de describir la naturaleza, y no una cuestión de opiniones, acuerdos o modas como proponen los posmodernos.

Pero volvamos a Darwin. La evolución es un hecho tan empírico como que una maceta cae, pese a no ser tan trivial y obvio. Los registros fósiles muestran que en un pasado existieron especies que ahora no existen, la nuestra tiene unos 250.000 años. El ADN, la mínima unidad de construcción de un ser vivo no es una máquina exacta de replicación. Compartimos estructuras moleculares similares a las de un ratón o una mosca. Es más, hubo una época en la que no hubo vida en la tierra, y nuestra presencia en el universo no es más que una lágrima en la lluvia como diría Roy Batty, el Nexus 6 de Blade Runner. Somos literalmente –aparte de que suene poético- polvo de estrellas, pues el material del que estamos hechos, aparte de en los sueños, se forjó en las estrellas y fue lanzado al espacio mediante la explosión de supernovas. Y todo esto que cuento no son discursos calenturientos de un contertulio en una noche de verano, sino evidencias empíricas, observables aquí y en Katmandú, sobre la Tierra, en órbita y más allá de Plutón. Quizás fue Darwin el primero en darse cuenta de este hecho, pero lo que además hizo fue formular la primera teoría científica que puede explicar la evolución, y el nombre correcto es el de teoría de la Selección Natural. Esta teoría podrá ser más o menos precisa, ahora mismo existen debates científicos sobre detalles concretos acerca de si esa selección es continua o discontinua, pero el hecho inmutable es que allí donde miremos, vemos los efectos de la evolución. La confusión del término “teoría de la evolución” no se debe a Darwin, sino que debe ser posterior, pues él se refirió, con suma precisión, a “origen de las especies por medio de la selección natural”. A veces también se suele referir a “teoría de la selección natural sobre la evolución”, que viene a decir que la selección natural es una teoría que trata un hecho empírico como es el de la evolución. Es como si Newton hubiera decidido poner un nombre alternativo a su teoría como el de “teoría de la fuerza central sobre la caída de los cuerpos”. A nadie se le ocurriría decir en estos tiempos, probablemente ni tan siquiera a un contertulio, “teoría de la caída de los cuerpos”. Pues tampoco con la evolución.

Hecha esta aclaración, lo de los creacionistas, visto desde este prisma, es digno de despropósito. Ya, ni tan siquiera, se meten con la ciencia, sino con los mismos hechos empíricos. Es como negar la caída de la maceta. Eso sí, si un desconocido les regala flores, eso es impulso.



Postscriptum.

Al comienzo de esta entrada decía que quizás sí tenía un poco que ver con el tema de este blog. Que sea el gran Feynman quien lo explique (la negrita es mía):

“Los científicos están acostumbrados a tratar con la duda y la incertidumbre. Todo conocimiento científico es incierto. Esta experiencia con la duda y la incertidumbre es importante. Creo que tiene mucho valor, un valor que se extiende más allá de las ciencias. Creo que para resolver cualquier problema que no haya sido resuelto nunca antes tenemos que dejar la puerta abierta a lo desconocido. Tenemos que admitir la posibilidad de que no tengamos toda la razón. De lo contrario, si uno ha tomado ya su decisión, es muy posible que no lo resuelva”.