28 septiembre 2008

La seudo-ciencia dañando los mercados

Me voy a enfundar la camisa de once varas otra vez. Quizás algún “experto” o “gurú” en la materia pueda pensar que no tengo la menor idea sobre lo que hablo. Y sí, es posible que tenga razón. Pero, quizás, también estemos empatados porque yo pienso lo mismo de ellos. Quizás, nuevamente, como rezaba aquel bolero, el empate no sea perfecto después de todo porque yo, al menos, soy consciente de mi ignorancia y ellos, para su propia desgracia –o, al menos, para la nuestra como pasajeros del avión que ellos “pilotan”-, no.

Y no hay nada como estas últimas semanas de montaña rusa financiera y espectáculo ferial variopinto para ilustrarlo. Que si lo compro, que si no; que si lo salvamos de la quiebra, que si lo dejamos caer con todo el equipo; que si intervengo en el mercado, que si no, que si pongo la marcha atrás; que si está bien, que si no; que si liberalismo, que si intervencionismo; que si donde dije digo, digo Diego; que si la culpa fue del cha-cha-chá. La situación me recuerda a cuando, paseando por el campo, pisas y rompes sin darte cuenta una línea de hormigas entre un hormiguero y la fuente de comida. Durante unos instantes, las hormigas que van llegando a la discontinuidad comienzan a deambular desorientadas sin rumbo claro, dando palos de ciego. Pues eso es lo que parecen nuestros flamantes expertos en estos momentos de turbulencias financieras. Por no conseguir, no consiguen ni ponerse de acuerdo –aunque reconozco que en una materia tan seudo-científica como la economía y la sociología, eso es imposible; es más una cosa de modas pasajeras, ideologías y opiniones.

El pasado octubre del año pasado, Nassim Taleb publicó un artículo en el Financial Times, precisamente con el título que yo he plagiado para el de esta entrada, que, viendo lo que se cuece estas semanas, parecería que se hubiera escrito ayer. El original en inglés lo podéis encontrar aquí. Por mi parte, he decidido reproducirlo en castellano porque, como casi todo lo de
Taleb, no tiene desperdicio. Ahí va:

El último agosto (del año 2007), el Wall Street Journal publicó unas declaraciones de un economista financiero, Matthew Rothman, en las que manifestaba su sorpresa ante una cadena de eventos que experimentaron los mercados financieros y que “suceden una vez cada 10.000 años”. Una fotografía que acompaña el artículo revela que la edad de Rothman es mucho menor que 10.000 años, por lo que es razonable asumir que su asunción no está basada en su propia experiencia empírica sino más bien en algún modelo teórico que permite calcular el riesgo de los eventos poco comunes, o lo que él percibe como eventos poco comunes.

Las teorías que Rothman estaba utilizando para calcular las probabilidades de estos eventos eran métodos desarrollados por premios Nobel pertenecientes a lo que se conoce como Teoría Moderna de la Cartera (TMC), diseñada para calcular los riesgos de carteras financieras. Los métodos de la TMC han recibido varias veces el premio Sveriges Riksbank de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel. El premio fue creado y es mantenido por el banco central de Suecia y se suele confundir con los premios Nobel creados por Alfred Nobel hasta el punto de denominarlo equivocadamente “premio Nobel de Economía”.

La TMC calcula cosas tales como “sigmas”, “betas”, “ratios de Sharpe”, “correlación”, “valor en riesgo”, “carteras óptimas” y “modelo de fijación de precios de activos de capital” que son incompatibles con la posibilidad de esos eventos poco comunes que yo llamo “cisnes negros” (debido a su rareza dado que la mayoría de los cisnes son blancos). Así, el problema no es que el premio sólo sea un insulto a la ciencia, sino que ha puesto el sistema financiero en riesgo de estallidos.

Yo fui un corredor y un gestor de riesgos durante casi 20 años (antes de sentir la fatiga de la batalla). No hay ningún modo en que el conocimiento acumulado del riesgo en los mercados por mi y mis colegas pueda pasarse a la siguiente generación. Las escuelas de negocio bloquean la transferencia de este conocimiento práctico y nuestros trucos empíricos, de manera que el conocimiento muere con nosotros. Yendo de crisis en crisis, hemos aprendido que la TMC tiene la misma validez empírica y científica que pueda tener la astrología (y sin su estética), siendo estas lecciones ignoradas en lo que se enseña a los 150.000 estudiantes en escuelas de negocio de todo el mundo.

Los economistas académicos no son más interesados que otros profesionales. En realidad, deberíamos culpar a todos aquellos que viven en el mundo real y que les proporcionan los medios para que sean tomados en serio: a esos que tienen el premio Nobel.

En 1990, William Sharpe y Harry Markowitz recibieron el premio Nobel tres años después del estallido financiero de 1987, un evento que, como poco, destruyó por completo las ideas de los premiados acerca de la construcción de carteras. Aún más, el hundimiento de 1987 no fue ninguna excepción: el gran matemático y científico Benoît Mandelbrot mostró en los años 60 que estas variaciones salvajes juegan un rol acumulativo en los mercados –sólo son inesperados para los bobos de las teorías económicas.

Luego, en 1997, la Real Academia Sueca de las Ciencias concedió el premio a Robert Merton y Myron Scholes por su fórmula de fijación de precios de opciones. Yo (y otros muchos corredores) encontramos el premio ofensivo: mucha gente, como el matemático y corredor Ed Thorp, habían utilizado años antes un enfoque más realista a la fórmula. Lo que hicieron Merton y Scholes fue hacerla compatible con la teoría económica financiera, rederivándola asumiendo “cobertura dinámica”, un método que consiste en un ajuste continuo de las carteras mediante la compraventa de valores en respuesta a las variaciones de precio. La cobertura dinámica asume que no hay saltos –por lo que falla de forma miserable en todos los mercados y así lo hizo en 1987 (fallos que a los libros de texto no les gusta mencionar).

Más tarde, Robert Engle recibió el premio por “ARCH”, un método complicado para la predicción de la volatilidad cuyas predicciones no son mejores que las de otras reglas más simples –tuvo un éxito académico a pesar de que su rendimiento fue peor que el de las predicciones más simples que mis colegas y yo utilizábamos para ganarnos el pan.

El entorno de la economía financiera recuerda el de la medicina medieval, que rechazó la incorporación de las observaciones y experiencias de barberos y cirujanos plebeyos. La medicina solía matar más pacientes de los que salvaba –de la misma manera que la economía financiera pone en peligro el sistema creando más riesgo en vez de reducirlo. Pero, ¿cómo adquirió la economía financiera la apariencia de una ciencia? Desde luego, no mediante la experimentación (quizás el único verdadero científico que recibió el premio Nobel fue Daniel Kahneman, quien resulta ser un psicólogo en vez de un economista). Lo hizo ahogándonos en las matemáticas con “teoremas” abstractos. El libro del profesor Merton “Continuous Time Finance” contiene 339 ocurrencias de la palabra teorema (o equivalente). Un libro medio de física de la misma longitud tiene 25 ocurrencias. Así, mientras los modelos económicos, como se ha mostrado, apenas funcionan mejor que las figuraciones al azar o la intuición de un taxista, la física puede predecir un abanico amplio de fenómenos con una precisión de diez decimales.

Cada vez que he cuestionado estos métodos se me ha replicado de forma abrupta con que “ellos tienen el Nobel”, contra lo que me ha sido imposible discutir. Existen incluso asociaciones profesionales tales como la Asociación Internacional de Ingenieros Financieros que participan en el encubrimiento y promoción de esta seudo-ciencia entre las instituciones financieras. El conocimiento y la concienciación del riesgo que estamos acumulando de la crisis actual de las subprime y sus consecuencias no pasarán con toda seguridad a las escuelas de negocio. En la docena de crisis y experiencias previas no lo hizo. Irá agonizando con nosotros, a menos que desacreditemos ese absurdo premio Sveriges Riksbank de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel comúnmente llamado “Premio Nobel”.