27 enero 2008

En camisa de once varas

Ahí me voy a meter. Pues esta semana, en un intervalo de tres días, se han dado dos de esos divertidos acontecimientos –bueno, más de uno puede que no esté de acuerdo con lo de divertido- contra cuyo intento de predicción intentaba prevenir en Incertidumbre crepuscular. Me refiero a “la mayor caída de la historia” del Ibex 35 y a su posterior “mayor subida de la historia” –la cursiva entrecomillada es literal de la prensa de esta semana. Sí, ya sé, seguro que nos podemos encontrar por ahí con alguien ofendido afirmando que él ya lo dijo, pero con tanto gurú, experto, periodista, tertuliano, político y estratega pontificando a diestro y siniestro, resulta más sensato y económico pensar que, al fin y al cabo, no podía ser de otro modo; de la misma manera que siempre hay alguien que tiene el número que va a salir premiado en la lotería –si Diágoras levantara la cabeza volvería a recostarse tranquilo. Y es que les ha ocurrido algo parecido a lo que decía un anuncio que supuestamente apareció alguna vez en el Finacial Times: “la sociedad clarividente de Londres no se reunirá el martes por circunstancias imprevistas”.

Aunque creo que, de forma tímida aún, cada vez va resultando menos sorprendente el hecho de que no se pueda predecir el futuro económico y social –para quien esté interesado en el tema, hay bastante bibliografía disponible, entre la que destacan las siguientes perlas:

Un paseo aleatorio por Wall Street, de Burton G. Malkiel.
Las aventuras de un guionista en Hollywood, de William Goldman.
Del azar benigno al azar salvaje, de B. Mandelbrot.
How Nature Works, de Per Bak.
A Multifractal Walk Down Wall Street, de B. Mandelbrot.
¿Existe la suerte?, de Nassim N. Taleb.
Un matemático invierte en la bolsa, de John Allen Paulos.
Why Stock Markets Crash, de Didier Sornette.
Fractales y finanzas, de B. Mandelbrot y Richard L. Hudson.
Así de simple, de John Gribbin.
El cisne negro, de Nassim N. Taleb.

Después de todo, de la misma forma que la mayor parte de la gente no cree en los horóscopos pero sigue leyendo sus predicciones en la prensa como una costumbre atávica, imagino que también lee por mera inercia los análisis de tendencias de las páginas salmón. Somos animales de costumbres.

Pero, volviendo a la línea argumental inicial, lo que sí creo que resulta sorprendente es que, además, seguimos autoengañándonos creyendo que también podemos explicar el pasado. En los sucesos de esta semana, predicciones, lo que se dice predicciones, no habremos encontrado ninguna; ahora bien, lo que se dice postdicciones… ríos de tinta se han vertido, y la cosa aún no ha acabado –para muestra, un botón ;-). Claro, a toro pasado es más fácil tirarse al ruedo. Aunque, en ciertos aspectos, como puede ser el que nos ocupa, ni tan siquiera eso podría dejar de ser un mero brindis al sol. Porque si predecir qué puede suceder en el futuro es una práctica ilusoria, debido a que muchísimos factores con complejas interrelaciones entre ellos influyen de diferente manera en el devenir de los acontecimientos, de forma que el efecto final se torna inescrutable; ya me dirás cómo, dado un acontecimiento concreto, discernimos, de entre una infinidad de factores, cuáles de ellos –que siguen siendo muchos-, tienen algo que ver y en qué medida se interrelacionan y contribuyen a que suceda dicho acontecimiento. Sencillamente, no veo la diferencia.

Así que, no sólo somos animales de costumbres, sino que poseemos, además, una necesidad innata de encontrar significado, de inventar una causa para todo –lo que no quiere decir para nada, ojo, que las causas no existan aunque sean inescrutables- producto de un pasado evolutivo mucho más simple. En definitiva, nos gustan las historias porque nos hacen sentir el suelo bajo nuestros pies, sobretodo cuando la incertidumbre acecha. Esto suena mucho a los heurísticos de los que ya hemos hablado alguna vez. Y ya que salen Kahneman y Tversky otra vez a la palestra, veamos un estudio que muestra cómo nos van más las historietas, los detalles, que los hechos abstractos. En concreto se trataba de evaluar la probabilidad de ocurrencia de cierto acontecimiento presentado en dos versiones, una que contenía el hecho solamente y otra que contenía un escenario más detallado aunque conduciendo al mismo hecho básico de la primera versión. Como por ejemplo “una caída del 30% del consumo de gasolina en los EEUU” o “una fuerte subida de los precios de la gasolina y una caída del 30% del consumo de gasolina en los EEUU”. Otro ejemplo: “una gran inundación en algún lugar de de Norteamérica en la que mueren más de 1.000 personas” o “un terremoto en California que causa una inundación en la que mueren más de 1.000 personas”. Pues bien, en ambos ejemplos, los que respondieron a las preguntas del estudio, estudiantes de las universidades de Stanford y British Columbia, estimaron que la segunda versión -en cada uno de los dos ejemplos- era más probable que la primera; cuando, por contra, la primera es más general, contiene a la segunda y, por ende, es la más probable. El detalle vende. Seguro que a las mejores explicaciones de la semana no les ha faltado.

Y para finalizar, una última ilustración de lo ilusorio que puede ser llegar a conocer las causas de un acontecimiento dado. Un ejemplo a modo de historieta, para que venda. Se trata de uno que le gusta mucho utilizar a Nassim Taleb. Imaginad un charco de agua en el suelo. ¿Cuál era la forma y cuáles eran las dimensiones de la masa de hielo de la que proviene?; si es que procede de una masa de hielo.

Nota 11/2/08: hoy me acabo de enterar de que "The Black Swan" de Nassim Taleb acaba de aparecer en su edición en español con el título de "El cisne negro", por lo que más arriba he sustituido la referencia original por la española.