04 junio 2007

Cómo acabar de una vez por todas con el Management (y 4)

Plagi-variaciones sobre un tema de Woody Allen


Lee antes la primera, segunda y tercera parte de esta historia

Cuarta parte


Afuera caían unos finos copos de nieve y nos esperaba el taxi que habíamos pedido. Una vez nos instalamos dentro, Rachel le dio la dirección de su apartamento al taxista. No dijimos nada durante el tiempo que duró el trayecto; todo aquello que pudiéramos estar sintiendo en esos momentos permanecía agazapado en nuestros silencios. Cuando llegamos a nuestro destino los copos de nieve habían crecido en tamaño. Al darle al interruptor se iluminó una amplia y acogedora estancia que se prolongaba hacia el frente y a la derecha, en cuyo fondo unos amplios ventanales y una puerta de cristal se abrían a una terraza y a la fría noche de Toronto. A la izquierda, una barra americana separaba la cocina del resto de la estancia. Al frente, otra puerta debía conducir a otras estancias más íntimas. La decoración era una unión de equilibrio y sotisficación. En la pared de enfrente, sobre un sofá cama, destacaba una lujosa reproducción de un colorido cuadro de Matisse de esas que se venden en las tiendas de los museos, escoltada por otras pinturas contemporáneas originales de autores que desconocía. En la pared opuesta, la que estaba a la derecha de la entrada, desfilaban una serie de grabados que parecían ser originales de Emily Carr. De repente, me sorprendió el sonido de la trompeta de Louis Armstrong desviando mi atención de la exposición de arte que ornamentaba el salón. Rachel se había despojado de su abrigo, había encendido el aparato de música y se encontraba junto a la barra preparando unos Canadian con hielo. El sonido de la trompeta cedía el testigo a la voz de Ella Fitzgerald que comenzaba a entonar el “dream a little dream of me”. Se acercó de un blanco radiante con una copa en cada mano, ionizando la atmósfera con sus largos cabellos rubios para luego absorber los restos con la palidez de sus ojos. Me pasó las dos copas y dijo que en un momento estaba de vuelta. A continuación, desapareció como una alucinación por la puerta que estaba escoltada por el Matisse, que pareció perder parte de su color. Me encaminé con las dos copas hacia un sillón junto a una mesita circular. Dejé una de ellas sobre la mesa, propiné un largo trago a la que me quedaba y la dejé junto a la otra. Bajo la mesa había algunas revistas de arte, una Cosmopolitan y algunas tarjetas de visita entre las que sobresalía una con una fotografía suya. La alcancé movido por la curiosidad para darme cuenta de que era en realidad un carné de conducir; aunque estaba a nombre de Eleanor Ramsay. Sin embargo, o la ruleta genética había repetido dos veces un experimento portentoso o eran la misma persona. Unos movimientos de sirena me avisaron de que Rachel iba a aparecer junto al Matisse, por lo que volví a dejar el carné camuflado entre las tarjetas de visita. Cuando llegó hasta mí se sentó sobre uno de los brazos del sillón y rodeó mis hombros con sus brazos. Nuestros rostros comenzaron a acercarse. En la proximidad, apercibí con mayor claridad cómo sus pupilas se asemejaban a témpanos de hielo. Tras el contacto físico, sentí que sus labios ardían como el hielo; sentí también que la nieve arreciaba. Esa noche, secular en la penumbra del apartamento, fluyó el amor y poseí por primera vez, y algo me decía que por última, la imagen de Rachel.

Cuando entré en la sala de reuniones, me sorprendió el hecho de que el resto de socios no estuviera sentado alrededor de la mesa sino formado corrillos y murmurando de forma excitada. Llegaba como unos 20 minutos tarde a la reunión anual que teníamos todos los socios para aprobar el presupuesto del año. Cuando me desperté esa mañana, entraba algo de luz por la ventana y mi primera imagen fue una gran panorámica sobre un techo típico de habitación. Un segundo estímulo, o la ausencia de él, parecía advertirme que no tenía brazo derecho. En realidad lo tenía aprisionado bajo el cuerpo de Rachel. Pensé en la hora. En la habitación no había nada que pudiera ayudar a aliviar mi duda. Bueno, en la mesilla del lado de Rachel parecía haber un reloj girado cara a la pared. Deslicé suavemente mi brazo fuera de su dulce prisión, pasando a ser pasto de las hormigas, y me acerqué hacia el supuesto reloj, le di la vuelta y marcaba las 7:34. La reunión era a las nueve y aún tenía que pasar por casa a recoger unos informes. Cuando dejé el reloj otra vez sobre la mesa, algo rozó mi muslo y Rachel murmuró algo ininteligible. Le di un beso entre un ojo y la frente y me fui hacia la ducha; detrás de mí creí escuchar unos ruidos como si Rachel estuviera dando la vuelta al reloj otra vez. A las 8:17 estaba en mi casa, y sesenta y tres minutos más tarde subía a la planta 31 del 79 de Wellington West. La fusión de conversaciones impedía determinar qué se estaba cociendo en la sala. Me acerqué al corrillo que se había formado alrededor de Jack Cimino, nieto de inmigrantes italianos, consultor duro, exprimidor de clientes y tipo al que uno acude cuando quiere saber con toda la crudeza, sin eufemismos, lo que realmente se está cociendo en un proyecto.
- ¡Vaya quien tenemos aquí! –clamó cuando se percató de mi presencia–, nuestro desaparecido Margaix.
- Siento llegar tarde –traté de excusarme –, pero es que…
- ¡Pero cómo! ¿No te has enterado? –interrumpió bruscamente al tiempo que el resto de cuchicheos cesaba y todo el mundo en la sala centraba su atención en nosotros.
Me quedé en silencio confundido por la situación. Jack prosiguió:
- Pues va a ser verdad que estabas desaparecido –dicho esto se le quedó una sonrisa de oreja a oreja que rápidamente volvió a bailar al continuar–, ¿abducido o algo así?
- La verdad Jack, no sé a qué te refieres…
- Total Leadership Inc. ha declarado suspensión de pagos –mi engranaje neuronal parecía ya comenzar a coger velocidad de proceso. Aunque, al ver que seguía sin decir nada siguió dándole a su palique.
- Sí hombre, la primera y única consultora del ranking TOP ONE. Ya sabes que el sector del liderazgo es como la Copa América, no hay segundo.
- ¿Suspensión de pagos? –mascullé atónito.
- Sí. Parece ser que un pirata informático entró en sus bases de datos y ha liberado todo su know-how por Internet. Todo. Las soluciones de sus casos de estudio, desarrollo de las dinámicas de grupo, hasta los trucos que utilizaban. ¿Te acuerdas de aquella compañía intermedia que cogieron hace unos años y consiguieron meterla en la lista de Fortune 500?
- Sí.
- Pues pusieron como CEO en la sombra a un mono tocando la flauta.
- No, si al final va a tener razón Nassim Taleb –dije recordando la lectura reciente de su libro “engañados por el azar”.
- Sus acciones en bolsa se desplomaron hasta el punto de que tuvieron que dejar de cotizar; ahora mismo estamos todos expectantes de lo que ocurra cuando abra de nuevo esta mañana.
- Pero, has dicho que han suspendido pagos.
- Bueno, sí. La verdad es que ya no tienen nada que hacer. El desplome en bolsa fue mortal de necesidad. Ya sabes que una compañía cuyos activos son intangibles…
Estaba estupefacto, aunque una pequeña luz parecía querer abrirse camino en mi túnel particular.
- Jack, ¿te dice algo el nombre de Rachel Quest?
- En absoluto.
- ¿Y el de Eleanor Ramsay? –aquí Jack frunció el entrecejo y movió sus ojos hacia la parte superior derecha, como intentando recordar algo.
- Espera, ¿no te referirás a esa que ha escrito un libro sobre Taylor y los principios del management científico?
- ¿Taylor dices?

Finalmente celebramos la reunión, aprobamos los presupuestos y definimos nuestro eslogan comercial del año. No era muy aprehensible, pero algo más simple y comprensible hubiera resultado vulgar. La sesión se me hizo más larga de lo que realmente fue, estaba ansioso por irme a mi despacho y hacer unas cuantas verificaciones. Lo primero que investigué fue el banco en el que supuestamente trabajaba Rachel. En la dirección de recursos humanos no había ninguna Rachel Quest ni Eleanor Ramsay. Encargué una pizza para no perder ni un segundo en mis siguientes investigaciones. A media tarde tenía el rompecabezas prácticamente montado, así que cogí un taxi y volé hasta el apartamento de Rachel. Durante el trayecto acabé por atar todos los cabos que quedaban sueltos. Por primera vez podía ver cómo las bandas del turbante del taxista enlazaban a la perfección. Una vez en el bloque de apartamentos, el portero se encargó mientras yo subía de avisar a Rachel de mi llegada. Cuando llegué a su puerta se encontraba entreabierta. Entré; al cerrarla un canto de sirena se dejó oír desde un lugar indefinido:
- Un momento cariño; estaba saliendo de la ducha.
Entonces vi impresas sobre la moqueta unas huellas de humedad con forma de pie que iban y venían desde la puerta hasta el baño. Sobre la mesa junto al sofá permanecían aún los dos vasos con un pequeño poso de agua proveniente de los restos de hielo derretidos. Al frente, el Matisse hacía guardia junto a la puerta que conduce a su habitación. Al poco tiempo apareció envuelta en un albornoz rojo y con su magnífico pelo húmedo. El aroma sublime de su cuerpo eclipsaba la imagen de los jardines de Versalles y ruborizaba la luna. Sus ojos refulgían como puntas de iceberg contra los que podría estar naufragando cada noche durante toda una eternidad.
- ¿Te has enterado cariño? –dijo–, las acciones de Total Leadership Inc. están por los suelos.
Guardé silencio.
- Hace un rato –prosiguió–, decían en los informativos que las investigaciones apuntan a que la crisis ha sido obra de un reduccionista. Me había preocupado un poco por ti, en la cámara de comercio todo el mundo conoce tu simpatía por las ideas de Dawkins, Pinker y Weinberg. ¿No tendrás nada que ver, verdad?
- No cariño, fuiste tú. Ni Rachel Quest ni una directora de recursos humanos, sino la doctora Eleanor Ramsay, profesora en Queens, la directora más joven de un departamento en una escuela de negocios. Y con un coeficiente intelectual y emocional de vértigo; se dice que bien podrías ser la décima inteligencia de Howard Gardner.
- ¿Cómo te has enterado de todo eso? –su voz de sirena se quebró al tiempo que sus icebergs parecían entrar en un mar en sombras.
- Durante un congreso de Management te liaste con un CEO de la new age y gurú en ciernes que se inyectaba mucha filosofía ayurveda. Estaba casado, aunque esto no detuvo el gran amor que surgió entre vosotros. Pero, una vez eliminados los obstáculos, la relación no funcionó. Algo más poderoso se interponía entre ambos: ¡las leyes espirituales del éxito de Chopra! Tu CEO acabó vendiendo su Ferrari, te dejó y se hizo monje en el Tíbet. Él creía, o quería creer, pero tú, con esa preciosa cabecita racional y tu formación en el Management científico, necesitabas la certeza absoluta.
- No, Santiago, te juro que no ha habido nadie como tú –aún deseaba hacerme ilusiones de que lo nuestro pudiera funcionar, pero ya llevaba carrerilla.
- Entonces –continué–, simulas hacer un mapa mental con todos los obstáculos, que luego destruyes. Para ejecutar tu plan necesitabas tiempo, por eso hiciste desaparecer todas las publicaciones de David Allen de las tiendas de los aeropuertos. Luego prescindiste de los siete hábitos, o los ocho, o por los que vayan ahora, para que nada disminuyera tu eficacia. Y estuviste por fin preparada.
- ¿Preparada para qué? No sabes lo que dices.
- Rociaste con una solución de ácido sulfúrico al 10% el bosque del líder para hacer creer que había sido la lluvia ácida; durante la última tormenta solar aprovechaste para desimantar la brújula interior; enviaste queso curado a todas las organizaciones de la lista Fortune 500; al líder resonante lo metiste en una atracción de feria y rompiste la palanca de control, y resonó que no veas, aún están recogiendo los trocitos por todo el parque de atracciones; y a Bono lo dejaste sin ningún sombrero para que no pudiera pensar acerca de lo que estaba ocurriendo. Cuando por fin consiguió irse por la lateral ya era demasiado tarde.
- ¡Santiago, estás loco! Debe ser por los años que te pasaste oliendo pólvora quemada de petardo.
- No nena. A continuación, te hiciste pasar por miembro de la orden de la quinta disciplina. Senge es amigo de Jaworski y eso te condujo a la sincronicidad. Y de la sincronicidad a la mística cuántica de Chopra. Y cuando Niels Bohr no miraba, te cargaste la interpretación de Copenhague.
- ¿Quién diablos es Niels Bohr? ¿De que interpretación estás hablando?
- ¿Qué importancia tiene? Ahora, de cualquier modo, el universo vuelve a ser determinista. Aunque eso es otra historia. Lo realmente grave es que has dejado el Management sin liderazgo, sin Total Leadership el management ya no tiene sentido.
- Santiago –dijo ella mientras sus icebergs se hundían en el mar de sus retinas–, ¿me entregarás?
- No me queda más remedio. Cuando una gran consultora recibe un golpe como este, alguien tiene que pagar los platos rotos. Además, estabas intentando utilizarme para completar tu plan.
- Pero eso fue al principio, luego me enamoré de ti. Oh, Santiago, escapémonos juntos lejos de todo esto…
- Aquí en estas 1.200 páginas está todo; el informe más breve que he escrito desde que soy consultor –repliqué parapetándome detrás del tocho.
- Solos tú y yo. Olvidemos el management. Podemos comprar un rancho en el desierto de Arizona, tener hijos y, tal vez, más adelante, escribir un blog.
- Lo lamento Rachel, es demasiado tarde.
Llovía en el mar de sus retinas cuando se acercó y acarició mi mejilla con una de sus manos al tiempo que la apertura de su albornoz dejaba entrever el universo entero; algo dentro de mí deseaba sucumbir en él. Su otra mano estaba a punto de prenderle fuego al informe con un zippo de los Maple Leafs. Le sujeté la muñeca con mi mano y el mechero cayó al suelo. En sus retinas tan sólo restaba un mar desolado.
- ¿Cómo has podido hacerlo, Santiago?
Tenía un nudo en la garganta, sentía cómo el mundo ya no iba a ser el mismo, pero me las arreglé para contarle el resto de la historia:
- Como dijo Michael Trunker, alias “proton Mike”, en su conferencia de clausura del congreso MegaManagement 2006: “… y todo esto que acabamos de ver es crucial para el futuro del Management porque, según los últimos avances de la mecánica cuántica, el capital humano es una nueva forma de energía que impregna la organización en forma de cuantos, proporcionales a la frecuencia de las ondas de liderazgo resonante. Esta energía alcanza la máxima expansión a lo largo de la organización cuando el campo inflatón toma un valor diferente de cero, y exige una gestión equilibrada al borde del caos para que emerjan los sistemas autoorganizados. Una buena gestión de riesgos exige que a lo largo de este proceso se vigile bien el límite de Chandrasekar para el grupo profesional de fermiones, manteniendo apartados del proceso al grupo de los bosones. La catástrofe podría sobrevenir si el proceso colapsara por debajo de su horizonte de sucesos. En ese caso, el capital humano se nos escaparía de la organización en forma de radiación Hawking. Este es el gran reto al que se enfrenta el Management del nuevo milenio. Es un concepto sutil pero espero que lo hayáis pillado antes del cofee break”. –Dicho esto, di media vuelta y abandoné el apartamento.

Cuando bajaba en el ascensor, el hilo musical dejaba escapar el sonido de Thelonious Monk interpretando al piano el “I love you” de Irving Berlin. Un único pensamiento ocupaba mi mente en ese momento: a pesar de que solamente tuve que salir de su apartamento y coger el ascensor, me preguntaba por qué me había costado tanto hacerlo.

Fin