30 mayo 2007

Cómo acabar de una vez por todas con el Management (3)

Plagi-variaciones sobre un tema de Woody Allen


Lee antes la primera y la segunda parte de esta historia

Tercera parte


En el transponder situado detrás del retrovisor de mi Pontiac Torrent se encendió la lucecita verde al tiempo que emitía cuatro pitidos cuando dejé la autopista de circunvalación de Toronto para incorporarme a la 403, indicando que la filial de Cintra-Ferrovial, concesionaria de su gestión y explotación, se había cobrado los siete dólares con cincuenta que costaba el haber desgastado unos 42 kilómetros de asfalto. Parte de ese dinero cruzaría pues el atlántico, para de alguna manera regresar a la vieja y machacada piel de toro. El día había amanecido frío y gris, con los restos de la nevada del día anterior acumulados sobre los de días y semanas más anteriores. Después de bordear uno de los lados del triángulo que forma la bahía de Burlington en el extremo oeste del lago Ontario, llegué a su vértice más adentrado en tierra para dejar la parte baja de la ciudad de Hamilton a la izquierda y entrar por su parte alta. Luego torcí hacia el sur para adentrarme en la zona de granjas de Binbrook; la estampa blanca se tornó más inmaculada a partir de este momento. A la izquierda divisaba ahora los terrenos de la granja que allí tenían los padres de Claire, los prados por los que una vez paseamos a caballo y, junto a unos arces, el viejo cobertizo en el que practicamos sexo apresurado el día que me trajo por primera vez para conocer a sus padres. Pasé también al lado de aquellos cálidos recuerdos, que ascendían lívidamente empujados por el frío ambiente y enredándose entre las ramas desnudas de los arces de cuyos troncos colgarían pronto los botes para recoger su resina y confeccionar sirope. Conocí y me enamoré de Claire cuando ambos cursábamos el MBA de Chicago al que me mandó la firma de fondos de inversión en la que entonces trabajaba en opciones y futuros. Su padre era un influyente hombre de negocios del sur de Ontario –más al norte sólo se puede hacer negocios con los osos–, así que cuando nos graduamos pedí el traslado a Toronto, donde además me pusieron al cargo de la unidad de riesgos. El calor de los recuerdos acabó por disiparse en el ambiente cuando divisé al fondo la casa de Ben. Torcí a la izquierda para encarar el camino de entrada a su casa.

Benjamin Franklin, vieja gloria del management clásico conocida en cualquier rincón de los grandes lagos. No existe industria que se precie en Milwaukee, Chicago, Detroit, Cleveland, Pittsburg, Buffalo o Hamilton que no posea el honor de haber recibido sus servicios. Ningún parentesco con su tocayo estadista y científico, salvo que todas las primaveras lleve a sus nietos a volar la cometa a la cercana playa de Beachway –quizás sea porque no lo hace cuando hay tormenta. Bisnieto de uno de los hombres que participó en la batalla de Stoney Creek de la guerra americana de 1812, además de la posterior toma de Fort George devolviendo a los americanos al otro lado del Niágara, y sobrevivió para poder contarlo a sus nietos, para que uno de ellos se lo contara a su vez a Ben. Íntimo de Deming y Drucker, y árbitro a veces entre sus disputas, aunque por lo que respecta a la gestión por objetivos y el liderazgo no podía evitar aliarse con Deming para dar caña a Drucker –aunque Ben lo niega, en círculos oficiosos se le señala como el inspirador de la célebre y sarcástica frase que solía repetir Deming, “la gestión por objetivos incita a la mediocridad y reprime la innovación”. Mi presentación de este hombre singular podría continuar sine die, por lo que la dejo aquí asumiendo la responsabilidad de las omisiones. Tan sólo añadir que no lo conocí en ninguna conferencia ni en el ámbito profesional, hace unos años que se retiró a vivir en la casa a la que estoy llegando en estos momentos, sino a base de atravesar su propiedad durante los paseos a caballo con Claire. Los paseos llevaron a paradas esporádicas en su casa, éstas a conversaciones ocasionales que devinieron en otras más tendidas. Finalmente se forjó una amistad entre tutor y discípulo. Paré el todoterreno enfrente de la puerta del garaje, puse los pies sobre la nieve y subí los cinco escalones que me separaban de la puerta que acababa de abrir Ben, desde donde me saludaba todo lo calurosamente que permite la artritis en un invierno de Ontario.
- ¡Buenos días, Santiago! ¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí, temprano en un día laborable? – nos estrechamos las manos mientras me daba unas palmadas en la espalda con su mano libre al tiempo que me introducía en el salón de su casa.

Una vez dentro, después de una pequeña conversación banal sobre el tiempo y la exhibición que hicieron mis compatriotas de los Raptors en el partido del sábado anterior, que aprovechamos para acomodarnos en el espacioso salón con grandes ventanales que succionaban al máximo la tenue luz invernal, aunque potenciada por el reflejo de la nieve, le conté el motivo de mi visita.
- En estos momentos no te envidio para nada, Santiago. Estoy con Bernard Shaw en que “la vejez tiene dos ventajas, dejan de dolerte las muelas y se dejan de oír las tonterías que se dicen alrededor” –sentenció después de haber escuchado pacientemente mi relato de los acontecimientos del día anterior.
Y añadió:
- Tal liderazgo no existe. Puro bulo. El verdadero liderazgo es el que surge cuando se elimina la supervisión.
- Entonces, ¿estás de acuerdo en que el liderazgo debe ser transformador?
- Sí, siempre y cuando haya aprendizaje. Sin liderazgo competente no habrá transformación. El tipo de liderazgo que se requiere no es el que está basado en el mando y en el control, sino el que se ejerce con el ejemplo, escuchando a la gente sin juzgarla y ayudándola. Porque el verdadero problema no se encuentra en la gente, sino en la alta dirección.
- Entonces, ¿dónde debo buscar? –interrumpí intentando centrar el discurso sobre mi verdadero problema.
- En los fenómenos. Como solía decir el bueno de Deming “in God we trust, el resto sólo traen datos” –aseveró Ben al tiempo que sus facciones adoptaban esa configuración característica del que rememora tiempos de acción y de supervivencia en el filo de la navaja–. ¿A cómo cerró anoche el Dow Jones? –preguntó inmediatamente.
- Por encima de los trece mil doscientos –repliqué.
- Eso sí tiene sentido.
Después de unos segundos de silencio en los que ninguno dijimos nada, completó:
- No hay nada eterno, querido Santiago. El management es estrictamente fenomenológico. Como dijo Von Clausewitz, el estratega contemporáneo a mi bisabuelo, “aunque nuestro entendimiento se siente por lo general inclinado a asentarse en la certeza y la claridad, nuestro espíritu es preso a menudo de la incertidumbre”. Y ante eso sólo podemos aspirar a entender los procesos que rigen un sistema, y conocer los efectos de la incertidumbre sobre él, conocer nuestros límites epistemológicos y la naturaleza humana.
- ¿La naturaleza humana? –inquirí perplejo.
- Sí, mi querido amigo –dijo amigo en versión original en español–. En realidad, no somos más que unos chimpancés intentando jugar a los Sims, ese juego virtual que tanto gusta a mis nietos –volvió a sentenciar adquiriendo un semblante crepuscular.
Era reconfortante poder reafirmarme en que, después de todo, un enfoque racional y reduccionista no andaba nada errado, aunque los efectos de la naturaleza humana no dejaban de inquietarme. No había nada más terapéutico que una charla con el viejo Ben para regresar a ese universo objetivo después de haberse perdido entre las dimensiones extra de la subjetividad. Le dije que sus palabras me habían servido de mucha ayuda y, tras intercambiar unas cuantas frases más mundanas, alguna que otra broma y muchas carcajadas, me despedí de él.

Otra vez afuera, durante el camino de regreso, el fantasma de la máquina intentó nublar de nuevo mi conciencia material, camuflado en la luz invernal atenuada por el cielo gris, amplificada por la estampa blanca que todo lo envolvía y amortiguada nuevamente por el entramado fractal de ramas desprovistas de hojas. ¿Acaso el conocimiento profundo no es más que una quimera, una utopía inalcanzable más allá del límite establecido por miles de años evolucionando en la sabana africana? ¿El líder nace, o se hace? ¿Somos producto del azar, o la necesidad? ¿O es que los Siniestro Total dieron en el clavo cuando esgrimieron su duda acerca de si el universo es cóncavo o convexo? Si había alguien realmente responsable de este galimatías, era lógico que quisiera que se guardara el secreto de su ignorancia. Es mejor ser un tonto revelado que manifestarse y despejar cualquier duda.

De vuelta en Toronto, comí algo rápido y subí a la oficina para hacer tiempo hasta mi cita con Rachel. Estuve revisando algunos de los informes TPS que solemos encargar a los consultores junior para que se vayan cuarteando en el mundo del management, hasta que las dos manecillas del reloj de sobremesa que te regala David Allen cuando contratas sus servicios coincidieron en tiempo y espacio, apuntando al unísono al número 6. En cualquier caso, señalaban hacia abajo. Así que descendí hasta la calle y cogí un taxi. Veinte minutos más tarde entraba en el Bandido’s en King West Village. Un camarero me llevó a la mesa que tenía reservada y pedí una Corona para humedecer la espera. Pasados diez minutos de las siete, vi aparecer a Rachel por la puerta y le hice una seña con la mano para revelarle mi localización. Esperó a que un camarero la atendiera, entonces le dijo algo a éste, ambos dirigieron sus miradas hacia donde yo estaba y, a continuación, el camarero la acompañó hasta mi mesa. Arcanos flujos electroquímicos se desencadenaban, y regiones más primitivas de mi cerebro se iluminaban a medida que Rachel se acercaba frenando el avance del tiempo a su paso. Esta vez no llevaba el traje formal del día anterior, sino uno blanco muy ceñido al cuerpo, medias de seda y zapatos blancos. Tampoco tenía el pelo recogido, sino suelto. Nuevamente no era yo la única persona consciente de sus formas; ella también lo era. Por fin el camarero retiró un poco la silla para que se sentara enfrente de mí. Sin moverme había atravesado de nuevo la frontera de no retorno. La distancia que nos separaba podría ser tanto euclídea como de Calabi-Yau.
- ¿Alguna novedad? –preguntó después de que intercambiamos unos saludos corteses.
Me las apañé para hacerle ver que mis indagaciones avanzaban en la dirección correcta, a pesar de que no tenía la convicción de que mis devaneos hubieran supuesto progreso alguno. No pareció muy interesada en profundizar más en el asunto, quedando satisfecha con el informe que le acababa de relatar, al que le hubiera bastado el vuelo de una mosca para haberlo evaporado en el aire. Se la veía radiante y despreocupada respecto a mi impresión del día anterior. Su encantadora mirada, que no proyectaba sino absorbía, como la gravedad, pasó entonces a ejercer su atracción sobre la carta. Cuando el camarero orbitó nuevamente hacia nuestra mesa, pedimos unos nachos y unas enchiladas. Ella pidió también una margarita y yo continué con otra Corona. Luego, a lo largo de la comida, la conversación, conducida por una sucesión continuada de preguntas de Rachel, se centró en su mayor parte en mi historial. Qué hacía antes de llegar a este lado del atlántico; cómo recalé hace 12 años en la universidad de Wisconsin en Milwaukee para hacer un doctorado en física; cómo di un giro a mi carrera atraído por el tintineo de los dólares que me ofreció una importante firma de fondos de inversión de Chicago para el desarrollo de modelos predictivos para el mercado de opciones y futuros; cómo acabé asentándome en Toronto; etc. Estaba como drogado por su presencia, una droga de la verdad que desnudó mi intimidad. Llegó un momento de mi confesión, cuando relataba mis últimos proyectos profesionales, en el que los últimos acontecimientos relacionados con el caso que me ocupaba, y en el que ella no dejaba de ser mi cliente, se volvieron a hacer un hueco en mi mente.
- Rachel –dije de repente en medio de un vacío intelectual–, ¿y si la teoría del conocimiento no sirve para nada? Los datos no tendrían sentido, sólo nos podríamos fiar de la ontología.
- No te pongas ontólogo ahora, Santiago. Esta noche no. ¿Por qué no nos vamos a mi apartamento?
Milisegundos después -es lo que tiene el tiempo curvo- estaba pagando la cuenta y nos apresurábamos a abandonar el Bandido’s como dos amantes furtivos para eclipsar la letra de aquella canción de Miguel Bosé.

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