23 mayo 2007

Cómo acabar de una vez por todas con el Management (2)

Plagi-variaciones sobre un tema de Woody Allen


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Segunda parte


De vuelta en la oficina decidí aprovechar el tiempo que me quedaba antes de poder dedicarme a mi primera pista para hacer algunas indagaciones previas. Buscando por Internet información que pudiera estar relacionada con el asunto, me encontré así a lo colateral con un nombre que me resultaba familiar. René Batour, ¿de qué me sonaba aquel nombre? Concentré mi mirada sobre uno de los anaqueles repleto de libros de la estantería que tenía enfrente con el ánimo de concentrar a su vez mi atención en el recuerdo de ese nombre. Por detrás de la fila irregular de libros asomaba la lujosa agenda que me regaló Claire. ¡Pues claro! De mis tiempos de Chicago. El segundo año del master vino un tipo de la Sorbona para dar una conferencia. Mucha palabrería posmoderna sin mucho sentido, recuerdo. Ah, y aquel pipiolo recién graduado de Columbia que fue a felicitarle a la finalización.
- Un tema muy interesante, profesor Batour. Un discurso muy elocuente. Por cierto, leí su último libro, profesor. De una gran profundidad y erudición, sí señor. No me enteré de nada, qué sabiduría la suya.
- Muchas gracias monsieur. Me complace saber que mis aportaciones al management estén reconocidas por el público estadounidense –respondió enaltecido le professeur.
Flipa el basto, como diríamos al sur de los pirineos. En fin, mis indagaciones no ofrecieron mucha más luz a mi ya de por sí deslucida información de partida. Pero pronto sería la hora de comenzar el trabajo de campo.

Cuando pasadas las cinco de la tarde salía de nuevo de mi oficina, estaba ya oscuro y la ventisca arreciaba. Siguiendo mi única pista, me encaminé hacia un bar frecuentado por directivos formados en Harvard. Según tenía entendido, era su lugar preferido de reunión, sobretodo, y siempre según los rumores, después de los sucesos de las opas hostiles del día de acción de gracias lanzadas sobre algunas de las compañías controladas por chicos de Wharton. Espero que al entrar, cuando todas las miradas de la gente que estaba dentro se tornaron hacia mí, no se me notara mucho mi porte de la escuela de negocios de Chicago. Pero al cabo de unos instantes todo el mundo volvió a sus conversaciones y quehaceres. Me acerqué a la barra y le pregunté al camarero si estaba Robertson Davies.
- El pelirrojo del fondo a la derecha, junto a la columna –respondió diligentemente mientras secaba una copa y la dejaba más transparente que el aire.
Robertson Davies. Graduado en Cornell, master en Harvard, discípulo de Jaworski y máximo gurú del liderazgo de sincronicidad al norte del San Lorenzo. Se encontraba sentado leyendo a David Peat junto a una pequeña mesa circular con una botella de Crystal vacía y un vaso medio lleno emitiendo un poquito de gas de efecto invernadero.
- Todos somos líderes, Santiago –respondió a mi pregunta. Y continuó:
- Todos estamos conectados y operamos dentro de campos vivientes de pensamiento y percepción. Lo que hacemos impacta sobre todo y sobre todos aquellos que habitan dentro de nuestro círculo de influencia.
- Pero, ¿se puede ver ese círculo de influencia? –inquirí.
- Ver no es la palabra apropiada. No se puede ver y medir al mismo tiempo, son conceptos complementarios –rezaba mientras se acercaba con pulso tembloroso el vaso para beber y, de paso, desafiaba de forma infinitesimal los acuerdos de Kyoto.
- Pero –no me salía otra palabra para retomar mis intervenciones-, ¿no hay nada que se pueda hacer para dar con él?
- Es necesario un enfoque holista. Los viejos enfoques racionalistas, de corte normativo, sistémico y cuantitativo no sirven.
- ¿Le dice algo el nombre de Rachel Quest? –pregunté para terminar.
- No. ¿Desea saber algo más? –Davies debía estar ya ansioso por volver a su interrumpida lectura de Peat. En cualquier caso, no tenía ya nada más que preguntar, así que le di las gracias y me despedí.

Afuera la ventisca no cejaba recordándome que otra interior azotaba mis pensamientos. Cuanto más profundizaba en el caso, más abigarrado se tornaba. Así que con el holismo había topado, ¿cómo se las iba a arreglar un reduccionista confeso como yo? En la esquina de Adelaide con John paré un taxi. Durante la travesía hasta mi apartamento mis reflexiones no pararon de dar vueltas en círculo. Y a abandonar ese bucle cerrado no me ayudó demasiado el turbante del taxista hindú que tenía a menos de medio metro de mis narices. Unas vueltas de turbante más tarde, llegamos a mi destino, pagué al taxista y miré la correspondencia antes de coger el ascensor. Mis dedos fueron pasando entre sobres con publicidad de cursos y requetecursos asegurando que apalancarían mi carrera profesional hasta el infinito, y más allá si hacía falta; recibos del banco; y una postal del barroco de mi hermano con la imagen de una mascletà en una cara y unas palabras instándome a que fuera por las fallas este año escritas al reverso, sólo faltaba que la tarjeta oliera a paella. Al entrar en mi apartamento descorrí las cortinas de la ventana del salón, que enmarcaba un skyline difuminado por el velo de la nevada, y preparé algo de cenar. Después de un salmón pescado en el pacífico abierto de Ucluelet, regado a cuenta de media botella de un blanco de Okanagan –estaba de un maple leaf que no veas –, me volví a encontrar en condiciones de tratar de hilvanar los datos. Desafortunadamente, dos temas largos de John Coltrane después mas un Canadian con hielo –ahí el infiltrado era Coltrane – me hicieron ver que Ariadna no iba a venir a ayudarme con el hilo. Así que cerré las cortinas de la ventana, que volvieron a velar el skyline de la ciudad ahora que había dejado de nevar. Me enfundé el pijama y me metí en la cama. Mañana iría a visitar al viejo Ben.

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