31 marzo 2008

El epistemólogo impaciente (1)

Primera parte

Una voz suave y polite y una ligera presión en mi brazo izquierdo me sacaron del sopor en que me encontraba inmerso.
- …charse el cinturón, señor –un rostro femenino se materializaba enfrente, un poco por encima de mi visual y hacia la izquierda, al tiempo que recobraba la conciencia-. El cinturón señor, debe abrocharse el cinturón –era una azafata de vuelo, al parecer entrábamos en una zona de turbulencias.

Alargué mi cuerpo a través de los dos asientos vacíos a mi derecha para mirar por la ventanilla, el avión ejecutó una serie rítmica de sacudidas como si de una coctelera se tratara. Eché un vistazo abajo. Estábamos sobrevolando las Rocosas. Deberíamos rondar ya las tres horas de vuelo, por lo que había echado una buena cabezada después de la comida. Cuando giré la cabeza para volver a mi posición original, vi como la azafata, sujetándose sobre el respaldo de uno de los asientos, me seguía mirando, esta vez con la mirada que se dirige a un niño travieso. Sin dejar de mirarla cogí el cinturón sonriendo y me dispuse a abrochármelo. Me devolvió la sonrisa. Y, nuevamente, lo había hecho. Una de las curvaturas del punto de silla de su nariz aumentaba al punto que la otra disminuía. Geometría hecha fenomenología. Pero mi fascinación no iba a durar mucho tiempo. Habiendo recobrado la conciencia por completo, la terrible preocupación se adueñaba de mí otra vez. Miré mi reloj. En no más de dos horas estaría aterrizando en Vancouver. Una vez allí, tendría que salir volando hacia la casa de Ian; no debía perder ni un minuto ni tan siquiera registrándome en el hotel. El tiempo apremiaba.

Ian Wieman. El mayor experto en Econofísica al oeste de las rocosas, profesor en la British Columbia University y socio fundador de Wieman Forecast Inc., una firma que asesora a diversas compañías en Vancouver y Seattle. A mediados de los noventa la Econofísica se convirtió en el último grito del esfuerzo humano en exportar los éxitos de las Ciencias Físicas a las turbias y pantanosas disciplinas sociales y económicas. Ian fue uno de los pioneros, dejando sus estudios de los núcleos de galaxias para aplicar las mismas técnicas a los mercados de valores. Por aquella época, durante mi etapa en Wisconsin, me vi también seducido y tuve algún que otro flirteo con el tema, incluso llegué a dedicar una estancia de medio año en la British Columbia para poder trabajar con Ian, pero las dudas epistemológicas que siempre me han acompañado no me dejaron otra alternativa que abandonarlo. Paradójicamente, acabé luego trabajando de forma mercenaria por una gran suma de dinero en algunas de sus aplicaciones, qué difícil es a veces ser coherente con uno mismo; pero, como diría el entrañable personaje Moustache en la película de Billy Wilder “Irma la dulce”, eso es otra historia. De esta forma es como conocí a Ian, una amistad que hemos mantenido de forma regular en la distancia a lo largo del tiempo.

La semana anterior había recibido un e-mail suyo. En una escritura un poco caótica y nerviosa venía a decirme que andaba detrás de algo realmente gordo. Un descubrimiento que podría remover los mismos cimientos de la Economía, tal y como la hemos entendido hasta ahora. Me pedía que fuera a visitarle, tenía muchas cosas que contarme y lo mejor era hacerlo en persona. Planifiqué mi viaje y le comuniqué que en tres semanas viajaría a Vancouver. Me respondió que tenía muchas ganas de verme y que esperaría ansiosamente mi llegada. Así que aún quedaban dos semanas para mi viaje cuando el mensaje suyo que recibí en mi teléfono móvil esa mañana hizo que tuviera que adelantar mi viaje de forma inmediata. Cogí las cuatro cosas que tengo en mi oficina para casos de emergencia, las embutí en mi maleta para salidas de emergencia y descendí con el ascensor las treinta y una plantas del 79 de Wellington Street West que me separaban del suelo. En la calle paré un taxi y le indiqué al taxista que me llevara al Pearson International. Durante el trayecto traté de recordar en qué cosas había estado metido Ian últimamente. Sus devaneos cientifistas se habían ido agudizando durante los últimos años y sus posturas se habían ido radicalizando hasta el punto de que sus últimos papers se habían caracterizado por las críticas feroces a las propuestas de Popper, Hayek y todos aquellos que sugerían que había límites al conocimiento. Para Ian, las técnicas que utilizaba eran más que simples modelos. Con ellas creía tratar con la mismísima realidad.

En mitad de mis pensamientos llegamos al aeropuerto. Pagué al taxista y me fui directo hacia una de las ventanillas de Air Canada para cambiar mi vuelo por el próximo que estuviera disponible. Después de echar mano de la tarjeta de crédito me dirigí a uno de los mostradores para conseguir la tarjeta de embarque. Mi nuevo vuelo saldría dentro de una hora y media. Por la hora que era, podría comer en el avión no mucho después del despegue, por lo que maté parte del tiempo de espera ojeando en una librería de aeropuerto. Una pila de ejemplares de uno de los libros de moda me hizo revivir otra vez la sensación de que, en realidad, el hombre nunca había dejado de ser el centro del universo. Parece que, desde los tiempos de Copérnico, hace más de quinientos años, había sido así. Pero no. El libro era “The world without us” (“El mundo sin nosotros”) de Alan Weisman. No le veía la novedad. En realidad, pensaba yo, el mundo ha estado prácticamente toda su existencia sin nosotros. Nuestros 150.000 años frente a los 15.000 millones del universo dejan nuestra efímera existencia cinco órdenes de magnitud por debajo. Es decir, si el universo apareció, digamos, un uno de enero a las cero horas y ahora estuvieran tocando las doce campanadas de fin de año del 31 de diciembre, nosotros estaríamos aquí los últimos 13 segundos. Y Weisman se preocupa por el vacío que dejaremos en el mundo. Lo que digo: hay creencias que nunca se abandonarán, y la de que somos el centro de la existencia es una de ellas.

La cercanía de la hora de embarque me hizo volver a la realidad mundana. Abandoné los anaqueles y me dirigí hacia mi puerta. Una melodía estrafalaria del teléfono móvil de algún otro transeúnte amenizó mi marcha y me hizo recordar otra vez el mensaje de Ian que había recibido esa mañana. Después de leerlo había intentado llamarle, pero el número ya no estaba operativo, hecho que no hizo más que aumentar aún más mi preocupación. El mero recuerdo de todo ello me dejó inmóvil en medio de la Terminal mientras un chasquido de frío recorrió nuevamente mi espina dorsal. Un transeúnte que venía detrás tropezó con mi maleta de mano después de su vano intento de esquivarme. Saqué mi móvil para ver otra vez el mensaje. Mi esperanza de que tan sólo hubiera sido un espejismo se desvaneció rápidamente al ver otra vez su contenido. El mensaje decía: “Santiago, necesito que vengas lo antes posible. Creo que alguien quiere asesinarme”.


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© Diego Navarro. Todos los derechos reservados.

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