17 octubre 2006

Sobre recompensas y castigos (1)

Santiago es una persona que se encuentra en su madurez profesional y personal. A lo largo de su trayectoria profesional ha visto de todo y sus vivencias le han llevado a moldear una visión no muy optimista de la condición humana. A ello ha debido contribuir en gran parte su gusto por la disciplina y su dificultad para transmitir el reconocimiento por las cosas bien hechas, aunque en su foro interno es consciente de ello y realmente lo valora. Cree que no hace falta expresarlo con palabras –seguro que las otras personas saben interpretar en mi actitud el reconocimiento, piensa para sí.

Hace tres años, después de más de veinte dirigiendo todo tipo de proyectos, lo nombraron director de una de las unidades de negocio de la compañía. Entre otros, tiene bajo su responsabilidad alrededor de 20 jefes de proyecto. Una de las tareas que se le encomendaron a Santiago, al tomar posesión de su nuevo cargo, fue el diseño de un sistema de evaluación del rendimiento de los jefes de proyecto. Para tal fin asistió a unos seminarios sobre métodos de evaluación personal. Allí le hablaron, entre otras cosas, sobre la importancia del reconocimiento y la retroalimentación positiva, aspectos que no significaban mucho para Santiago hasta ese momento. Al finalizar los seminarios, decide hacer un esfuerzo e incorporar recompensas al sistema de evaluación aunque, como firme creyente en la disciplina, no abandona las sanciones al pobre rendimiento. Lo hace de la siguiente manera: la evaluación se realiza cada semestre, de manera que se recompensan los rendimientos más destacados, los que se encuentran claramente en el extremo superior de la distribución, y se penalizan los rendimientos que se encuentran claramente en el extremo inferior de la distribución.

Después de tres años aplicando el sistema se ha encontrado con los siguientes resultados, no tan sorprendentes para él. Aquellos que habían obtenido un rendimiento destacado en un semestre, y se les había recompensado por ello, habían bajado su rendimiento en el siguiente semestre, acercándose más el rendimiento medio. En cambio, aquellos que habían obtenido un mal rendimiento en un semestre mejoraban en el siguiente ascendiendo hacia el rendimiento medio. Salvo contadísimas excepciones, de esas que, como a él le gusta pensar, confirman la regla, podía afirmar que en término medio así eran las cosas. La conclusión a la que ha llegado es que las recompensas verbales no sólo no son beneficiosas, sino más bien perniciosas, mientras que los castigos verbales si son beneficiosos, como siempre había pensado.

¿Crees que el argumento de Santiago es correcto? ¿Es una pérdida de tiempo eso del reconocimiento? ¿Qué falla en el procedimiento de Santiago?