20 febrero 2008

Una de semántica: por qué lo llaman proyecto cuando quieren decir proyecto

En la vida diaria de las trincheras el significado de proyecto no se escapa a la ambigüedad que invade este ecosistema. Y no lo digo por la confusión que abunda entre el concepto de proyecto y el de operaciones, sino por a qué parte del todo –incluido el todo como una parte- nos referimos cuando mentamos el término proyecto.

Me explico. Si nos vamos al diccionario de la Real Academia Española, acepción que creo que sería la más próxima a aquellos que idean y/o deciden todo aquello que se supone que debería acontecer en las trincheras –pero que rara vez, si alguna, se dejan ver por ellas- y que, oh fortuna, raramente acontece según el modo previsto, comprobamos que el término proyecto tiene que ver con la disposición, designio o pensamiento de hacer algo, esquemas, cálculos, dibujos, etc. –de hecho ese es su origen etimológico. Así, aún nos llega de los tratados clásicos de ingeniería la denominación de proyecto a la fase en la que se define y planifica un producto o servicio que se va a construir, y se llama proyectistas a quienes realizan dicha labor –siendo etimológicamente estrictos proyectar es eso, proyectar.

Ahora bien, si nos vamos a la definición comúnmente aceptada y estandarizada en el contexto del cuerpo de conocimiento de la Dirección de Proyectos, un proyecto no sólo incluye esa labor de plasmar esa visión sobre un papel, sino la de arremangarse los brazos y ponerse manos a la obra para que ese dibujo en el papel deje de ser una mera proyección y se materialice en la realidad y pueda ser palpado, además de soñado. De hecho, esta es precisamente la parte con mayor peso en casi cualquier proyecto, en cuanto a sus necesidades de organización, tiempo y medios empleados y esfuerzo realizado –¿y nos la íbamos a olvidar? Considero, como muchos otros, que este es el significado correcto dentro de este contexto.

Este desencuentro de significados creo que tiene parte de la culpa de la discontinuidad existente entre la planificación de un proyecto y su posterior ejecución –una especie de asincronía entre teoría y praxis-, pues como mucho se enseña a proyectar, no a materializar –y por materializar me refiero a la gestión de la ejecución de los planes de un proyecto, no al trabajo que realiza el equipo de proyecto y que también se enseña-. No hay más que echar un vistazo a la realidad cotidiana –reflejada luego por las estadísticas- para apercibir esta discontinuidad entre plan y ejecución: los planes se quedan en un cajón porque la ejecución es otra cosa, los planes sólo se hacen porque son un requerimiento para la concesión del proyecto, se hacen porque el papel lo soporta todo. Y lo que es peor: como se sabe que no van a ser tenidos en cuenta, ya, desde el mismo momento de su elaboración, no se hacen teniendo en cuenta que luego tienen que ser útiles para la posterior ejecución del proyecto, por lo que seguro que luego va a ser que no son útiles y, si a algún iluso le daba por intentar utilizarlos, corroboraría que, en efecto, no sirven de nada -la novatada, vamos. Profecía autocumplida. Y eso cuando hay planes… Otra consecuencia funesta de todo esto es el número nada trivial de profesionales que creen que planificar un proyecto no sirve para nada, que proyectar es un ejercicio académico.

Esta discontinuidad a la que me he referido sólo se puede salvar haciendo que la gestión de la ejecución del proyecto sea una extensión de esa labor de proyección preliminar. Aunque no sólo eso, sino que la propia labor de proyección se haga teniendo en cuenta que existe una gestión de la materialización de dicha proyección. En definitiva, viéndolas como partes interrelacionadas de una misma entidad que es el proyecto.