25 octubre 2007

Mi maleta

Los aeropuertos son unos hábitats que he llegado a querer con el paso del tiempo y a fuerza de trasiego. A lo largo de estos últimos años han sido puertas a lo desconocido, puentes que cruzaban hacia nuevas experiencias, lugares de paso, nexos donde se entrecruzan algunos de los innumerables devenires que conforman la tupida red de historias individuales humanas. Han sido escenario de encuentros y desencuentros, de momentos de felicidad y otros de esperanza e incertidumbre. Lugares donde he derramado lágrimas de felicidad y también de tristeza. Quizás, los lugares donde he sentido los besos con mayor intensidad.

Aún así, los aeropuertos, y las compañías aéreas que en ellos operan, pueden llegar a ser un medio hostil para el atribulado viajero. Aunque, he de confesar que, en este aspecto, tampoco me considero una persona desafortunada. En diez años a base de tentar los insondables mecanismos que, en diferentes niveles, como en el infierno de Dante, llevan el equipaje desde la cinta del mostrador de facturación hasta la de recogida, tan sólo dos veces apareció Godot en vez de mi equipaje. En una tuve la suerte de que en la ciudad a la que llegaba un domingo por la noche, vivía un compañero mío de trabajo que tenía la misma talla que yo de chaqueta, pantalón, ¡¡y zapatos!! A las nueve del día siguiente tenía una visita a un cliente y la maleta llegaría a eso del mediodía. En la otra nos dejaron a mediados del mes de agosto en el aeropuerto de Keflavik con sandalias y bermudas, sólo que lo de agosto es engañoso. La temperatura era de unos ocho grados. Bueno, llevábamos una mochila con ropa para contingencias. Tres meses después, recuperamos las maletas. Podría decirse que anécdotas, aunque recorrer Islandia casi en calzones tuvo lo suyo. También es verdad que, con el tiempo, uno aprende a viajar con lo mínimo y a evitar en la mayor parte de los viajes tener que facturar el equipaje. Pero viajando con el equipaje encima uno se siente seguro, relaja su comportamiento… y la caga.

Pues sí. Esta noche ha ocurrido. La pérdida más absurda desde “Qué me pasa doctor”. Que ¿cómo se puede perder una maleta que no se factura y se lleva en mano? En realidad no se pierde, alguien da el cambiazo involuntariamente. Existen unos aviones, del tipo de los que fabrica Bombardier, que son pequeños y se utilizan para trayectos de corto recorrido. Y ocurre que las maletas que normalmente encajan en los compartimentos de un avión de tamaño medio no lo hacen en estos últimos. Pero no pasa nada. Como siempre se accede a ellos desde la pista, unos operarios se encargan de poner la maleta en bodega cuando vas a subir, para entregarla posteriormente a pie de pista cuando bajas en destino. Siempre me ha parecido una maravilla, llevar la maleta en bodega sin tener que facturar en mostrador. Hoy, al llegar a destino, sería como el décimo pasajero en bajar, los operarios han sacado hasta tres maletas como la mía, pero no la mía, suelo comprobar esas cosas. Al final se queda sólo una como la mía y pregunto a los operarios si ya no quedan más. Su respuesta provoca un impulso electroquímico que recorre mi médula desde la C1 hasta la L5. Alguien se ha llevado mi maleta y ha dejado la suya. Muchas veces te recoge un autobús, y ahí hubiera podido deshacer el entuerto. Pero hoy era el día de Murphy y ni eso. Salgo corriendo pero ya es tarde. Reclamación, y a esperar. Imagino que la otra persona, cuando llegue a su destino y compruebe el error, notificará al aeropuerto, al menos tendrá que recoger la suya, por lo que espero que mañana tendré noticias. Pero… qué mala es a veces la incertidumbre, y la C1 y la L5 jugando un partido de tenis con los electrones de mi médula.

La verdad es que me ha molestado esta situación, hay algo en esa maleta de lo que me gustaría disponer mañana. Esa ilusión de seguridad de la que hablaba antes te hace a veces poner en la maleta cosas que no, si tuvieras que facturarla. Si la hubiera perdido habiendo sido facturada, creo que hubiera sido distinto. Uno asume el azar de toda la vida y, cuando menos se lo espera, le sorprende ese otro para el que estamos negados, como describe muy bien en su último libro, Nassim Taleb. Como he llegado a casa cabreado, pues me relajo escribiendo esto antes de ir a dormir.

Nota 26/10: otra anécdota :-)