10 octubre 2008

Bubbledust

No sólo los economistas han sido incapaces de demostrar que sus modelos funcionan, sino que ninguno ha podido demostrar que el uso de un modelo que no funciona es neutral, a saber, que no incrementa la toma ciega de riesgos y, por ende, la acumulación de riesgos ocultos.

Nassim N. Taleb


Gráfico tipo “pavo” del índice bursátil del IBEX 35:

06 octubre 2008

Burbujitas

Existen unas 1011 estrellas en la galaxia. Solía ser un número muy grande. Pero tan sólo son cien mil millones. ¡Menos que el déficit nacional! Solíamos llamarlos números astronómicos. Ahora deberíamos llamarlos números económicos.
Richard P. Feynman

01 octubre 2008

30 septiembre 2008

Sobre Almanzor, escalas y la gestión del tiempo

Una vez, descendiendo del pico Almanzor en la sierra de Gredos, un amigo mío y yo decidimos coger lo que pensamos que podía ser un atajo para llegar a la laguna de Gredos. Obviamente esa ruta no oficial no era la más idónea para un descenso senderista apacible, pero la pereza de desandar un camino difícil frente a avanzar otro de la misma calaña, pero que nos podía conducir a nuestro objetivo, podía más. Así, llegó un momento en el que lo que se nos interponía al frente parecía tomar una inclinación muy vertical, hecho que obligaría a dar un rodeo. Yo debatí con mi amigo que la distancia parecía ser muy pequeña hasta la base, mientras que él consideraba que debía ser bastante mayor. Finalmente, me di cuenta del flagrante error de mi estimación cuando distinguimos algunos senderistas andando por la base, por el camino oficial, con un tamaño relativo minúsculo que indicaba que la distancia era realmente considerable.

Mis sentidos se vieron engañados por un efecto de invariancia de escala. La naturaleza entrecortada y retorcida de la superficie rocosa de las faldas del pico Almanzor es de tal manera que esa estructura irregular se percibe de igual manera, independiente de la aproximación con que lo hagamos. Parece lo mismo a cualquier escala.

Un fenómeno similar ocurre en situaciones que suelen encajar con el criterio de Pareto, como por ejemplo el uso y rendimiento de nuestro tiempo. Pocos que no hayan hecho alguna incursión en ese escurridizo tema de la Gestión del Tiempo, no habrán oído hablar de la aplicación de la ley de Pareto a la gestión del tiempo, que viene a decir algo así como que con el 20% de nuestro tiempo conseguimos el 80% de nuestros resultados, mientras que el 80% restante de nuestro tiempo sólo contribuye al 20% de nuestros resultados. A veces, este fenómeno no suele ser bien entendido cuando, cegados por la búsqueda de atajos, creemos que podemos reducir nuestro tiempo de actividad, eliminando esa porción que no contribuye a ningún resultado, y aumentar así nuestra eficiencia. Pero eso es cometer el mismo tipo de error que cometí yo al estimar la distancia que nos separaba de la base de la montaña. El mapa de uso de nuestro tiempo y resultados alcanzados es como el de la Sierra de Gredos: tiene la misma apariencia en cualquier escala con que se mire. Eso quiere decir que si reducimos el tiempo que invertimos en realizar alguna tarea, el 80% de los resultados que consigamos en todo ese tiempo seguirá proviniendo del 20% de ese tiempo. Da lo mismo que invirtamos más o menos tiempo, el 80% de ese tiempo se irá de forma irremediable en una pequeña porción de nuestros resultados. Aunque no deja de jugar un papel crucial para alcanzar el 100% de los resultados. Es un hecho que ha muchos gestores les cuesta mucho de asimilar, pero la “improductividad” sana también es necesaria para conseguir resultados.

El sol implacable de julio ya caía a plomo sobre nuestras cabezas cuando, después de algunos rodeos improductivos alcanzamos finalmente la laguna de Gredos. Objetivo cumplido.

28 septiembre 2008

La seudo-ciencia dañando los mercados

Me voy a enfundar la camisa de once varas otra vez. Quizás algún “experto” o “gurú” en la materia pueda pensar que no tengo la menor idea sobre lo que hablo. Y sí, es posible que tenga razón. Pero, quizás, también estemos empatados porque yo pienso lo mismo de ellos. Quizás, nuevamente, como rezaba aquel bolero, el empate no sea perfecto después de todo porque yo, al menos, soy consciente de mi ignorancia y ellos, para su propia desgracia –o, al menos, para la nuestra como pasajeros del avión que ellos “pilotan”-, no.

Y no hay nada como estas últimas semanas de montaña rusa financiera y espectáculo ferial variopinto para ilustrarlo. Que si lo compro, que si no; que si lo salvamos de la quiebra, que si lo dejamos caer con todo el equipo; que si intervengo en el mercado, que si no, que si pongo la marcha atrás; que si está bien, que si no; que si liberalismo, que si intervencionismo; que si donde dije digo, digo Diego; que si la culpa fue del cha-cha-chá. La situación me recuerda a cuando, paseando por el campo, pisas y rompes sin darte cuenta una línea de hormigas entre un hormiguero y la fuente de comida. Durante unos instantes, las hormigas que van llegando a la discontinuidad comienzan a deambular desorientadas sin rumbo claro, dando palos de ciego. Pues eso es lo que parecen nuestros flamantes expertos en estos momentos de turbulencias financieras. Por no conseguir, no consiguen ni ponerse de acuerdo –aunque reconozco que en una materia tan seudo-científica como la economía y la sociología, eso es imposible; es más una cosa de modas pasajeras, ideologías y opiniones.

El pasado octubre del año pasado, Nassim Taleb publicó un artículo en el Financial Times, precisamente con el título que yo he plagiado para el de esta entrada, que, viendo lo que se cuece estas semanas, parecería que se hubiera escrito ayer. El original en inglés lo podéis encontrar aquí. Por mi parte, he decidido reproducirlo en castellano porque, como casi todo lo de
Taleb, no tiene desperdicio. Ahí va:

El último agosto (del año 2007), el Wall Street Journal publicó unas declaraciones de un economista financiero, Matthew Rothman, en las que manifestaba su sorpresa ante una cadena de eventos que experimentaron los mercados financieros y que “suceden una vez cada 10.000 años”. Una fotografía que acompaña el artículo revela que la edad de Rothman es mucho menor que 10.000 años, por lo que es razonable asumir que su asunción no está basada en su propia experiencia empírica sino más bien en algún modelo teórico que permite calcular el riesgo de los eventos poco comunes, o lo que él percibe como eventos poco comunes.

Las teorías que Rothman estaba utilizando para calcular las probabilidades de estos eventos eran métodos desarrollados por premios Nobel pertenecientes a lo que se conoce como Teoría Moderna de la Cartera (TMC), diseñada para calcular los riesgos de carteras financieras. Los métodos de la TMC han recibido varias veces el premio Sveriges Riksbank de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel. El premio fue creado y es mantenido por el banco central de Suecia y se suele confundir con los premios Nobel creados por Alfred Nobel hasta el punto de denominarlo equivocadamente “premio Nobel de Economía”.

La TMC calcula cosas tales como “sigmas”, “betas”, “ratios de Sharpe”, “correlación”, “valor en riesgo”, “carteras óptimas” y “modelo de fijación de precios de activos de capital” que son incompatibles con la posibilidad de esos eventos poco comunes que yo llamo “cisnes negros” (debido a su rareza dado que la mayoría de los cisnes son blancos). Así, el problema no es que el premio sólo sea un insulto a la ciencia, sino que ha puesto el sistema financiero en riesgo de estallidos.

Yo fui un corredor y un gestor de riesgos durante casi 20 años (antes de sentir la fatiga de la batalla). No hay ningún modo en que el conocimiento acumulado del riesgo en los mercados por mi y mis colegas pueda pasarse a la siguiente generación. Las escuelas de negocio bloquean la transferencia de este conocimiento práctico y nuestros trucos empíricos, de manera que el conocimiento muere con nosotros. Yendo de crisis en crisis, hemos aprendido que la TMC tiene la misma validez empírica y científica que pueda tener la astrología (y sin su estética), siendo estas lecciones ignoradas en lo que se enseña a los 150.000 estudiantes en escuelas de negocio de todo el mundo.

Los economistas académicos no son más interesados que otros profesionales. En realidad, deberíamos culpar a todos aquellos que viven en el mundo real y que les proporcionan los medios para que sean tomados en serio: a esos que tienen el premio Nobel.

En 1990, William Sharpe y Harry Markowitz recibieron el premio Nobel tres años después del estallido financiero de 1987, un evento que, como poco, destruyó por completo las ideas de los premiados acerca de la construcción de carteras. Aún más, el hundimiento de 1987 no fue ninguna excepción: el gran matemático y científico Benoît Mandelbrot mostró en los años 60 que estas variaciones salvajes juegan un rol acumulativo en los mercados –sólo son inesperados para los bobos de las teorías económicas.

Luego, en 1997, la Real Academia Sueca de las Ciencias concedió el premio a Robert Merton y Myron Scholes por su fórmula de fijación de precios de opciones. Yo (y otros muchos corredores) encontramos el premio ofensivo: mucha gente, como el matemático y corredor Ed Thorp, habían utilizado años antes un enfoque más realista a la fórmula. Lo que hicieron Merton y Scholes fue hacerla compatible con la teoría económica financiera, rederivándola asumiendo “cobertura dinámica”, un método que consiste en un ajuste continuo de las carteras mediante la compraventa de valores en respuesta a las variaciones de precio. La cobertura dinámica asume que no hay saltos –por lo que falla de forma miserable en todos los mercados y así lo hizo en 1987 (fallos que a los libros de texto no les gusta mencionar).

Más tarde, Robert Engle recibió el premio por “ARCH”, un método complicado para la predicción de la volatilidad cuyas predicciones no son mejores que las de otras reglas más simples –tuvo un éxito académico a pesar de que su rendimiento fue peor que el de las predicciones más simples que mis colegas y yo utilizábamos para ganarnos el pan.

El entorno de la economía financiera recuerda el de la medicina medieval, que rechazó la incorporación de las observaciones y experiencias de barberos y cirujanos plebeyos. La medicina solía matar más pacientes de los que salvaba –de la misma manera que la economía financiera pone en peligro el sistema creando más riesgo en vez de reducirlo. Pero, ¿cómo adquirió la economía financiera la apariencia de una ciencia? Desde luego, no mediante la experimentación (quizás el único verdadero científico que recibió el premio Nobel fue Daniel Kahneman, quien resulta ser un psicólogo en vez de un economista). Lo hizo ahogándonos en las matemáticas con “teoremas” abstractos. El libro del profesor Merton “Continuous Time Finance” contiene 339 ocurrencias de la palabra teorema (o equivalente). Un libro medio de física de la misma longitud tiene 25 ocurrencias. Así, mientras los modelos económicos, como se ha mostrado, apenas funcionan mejor que las figuraciones al azar o la intuición de un taxista, la física puede predecir un abanico amplio de fenómenos con una precisión de diez decimales.

Cada vez que he cuestionado estos métodos se me ha replicado de forma abrupta con que “ellos tienen el Nobel”, contra lo que me ha sido imposible discutir. Existen incluso asociaciones profesionales tales como la Asociación Internacional de Ingenieros Financieros que participan en el encubrimiento y promoción de esta seudo-ciencia entre las instituciones financieras. El conocimiento y la concienciación del riesgo que estamos acumulando de la crisis actual de las subprime y sus consecuencias no pasarán con toda seguridad a las escuelas de negocio. En la docena de crisis y experiencias previas no lo hizo. Irá agonizando con nosotros, a menos que desacreditemos ese absurdo premio Sveriges Riksbank de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel comúnmente llamado “Premio Nobel”.

18 septiembre 2008

Crepúsculo veraniego

Veo que las motivaciones por las que sugería ver esta película siguen vigentes...

Vean, vean...

Otra reflexión

Una obviedad es una obviedad hasta que llega un día en que la menta un gurú. Entonces pasa a ser una observación inteligente y adquiere el estatus de verdad revelada.